Hace unos
días, cruzando Lavapiés, me intentaron robar el móvil. “Pero siempre hay un
niño que envejece en Madrid", me cantaba Joaquín y el sol se empezaba a
esconder por los edificios de ese barrio castizo y diverso.
De pronto,
un chico de unos treinta años, me tiró del pañuelo que llevaba al cuello y me metió la mano en el
bolsillo izquierdo de mi gabardina. Lo viví todo en cámara lenta. A veces, el
ser tan peliculera tiene sus ventajas: me sé tantos finales, que en ese momento
me di el gustazo de cambiar el tópico de esa tarde. "Antes muerta, que sencilla" o
desnuda sin móvil. (Más bien desnuda. Otro día hago una tesis del protagonismo
que le otorgamos a ese aparato).
No te cuento
mi hazaña para que puedas pensar que mi chulería se parece a la de Martínez de
Castro. Su espontáneo “os jodéis” a los pensionistas se queda muy corto a todas las
barbaridades que le regalé a ese novato ladrón. A mí no me robaron recuerdos,
ni intimidades, afortunadamente. Y no
pedí perdón, que conste. David tampoco lo hizo con Goliat. Estuve aguda y el
coche de policía que se me cruzó, también.
Hoy tampoco
voy a entrar en etiquetas de “Mujer sola con un IPhone cruzando tal plaza por
donde circulan mil machos”. En el hashtag “cuéntalo” de Twitter, ya muchas
releímos situaciones rutinarias que llaman a un baño de lejía.
Hoy te lo
cuento y lo revivo, porque todavía en 2018 hay seres que juzgan a otros seres por sus
comportamientos. Me he cruzado a lo largo de mi vida con muchos ombligos que también se
han cruzado con el mío. Ombligos doctores (que ya tiene la Iglesia), liendres (que de
todo saben y de nada entienden). Con el tiempo que he invertido en conocer a
ombligos, me he dado cuenta de que todos son redondos, pero los abiertos aún hacen menos ruido que los cerrados. Un ombligo nunca sabe cómo va a reaccionar en situaciones
límites. Hay muchas formas de llorarle a un muerto, muchas. A un ombligo
acusador le pierde la boca hablando en condicional, un ombligo dañado gana saliva
en condición de mudo. El “¡Uy, lo que yo habría hecho…!” frente al “Pues no, no
lo hice y, ¿tú qué sabes?”.
Yo nunca me
hubiera imaginado reaccionar desde el estómago. (Digo el estómago, porque dicen
que a todos aquellos que padecen dolores estomacales se les pone una mala
leche…) Yo actué desde la ira, desde el grito oportuno, desde la fuerza física
(que no tengo) para devolverme lo que es mío, desde la intuición que escucho, desde mi ombligo que salvo.
Querido
ladrón: un beso en la frente. Guárdatelo, no te lo vayan a robar. Lo vas a
necesitar más pronto que tarde. Tanto como la intuición, tanto como tu ombligo,
tanto como tus recuerdos.
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