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jueves, 7 de junio de 2018

Es por tu bien.




Hoy no hablo del amor. De ningún tipo de amor. Hoy me he puesto a contar el manojo de huellas que he seguido durante los años que llevo en esto de respirar, mientras piso mundo. Me ha salido un número muy alto. He crecido sin cuestionarlas. Ellas son las impuestas, las que ya se me han caído como los dientes de leche. Hace tiempo que me retiré de esa persecución. Quizás abrí los ojos o simplemente fue sólo cansancio de repetir las mismas acciones.
Desde niños nos programan para que ese manojo de huellas tenga forma de otro manojo: de llaves. “Te vas a caer”, “eres la más guapa”, “eso no puedes hacerlo así”, “no sabes nada”, “tienes que adelgazar”, “por ahí no”, etc. Yo creo que sabes muy bien a lo que me refiero. A las huellas que no abren puertas.
Esas huellas nos crían, en muchos casos nos sacan los ojos como cuervos y son capaces de llevarnos a cualquier orilla. Pero una vez que nuestros pies rozan el frío del mar y nos quedamos solos, únicamente nos queda agarrar la esencia, ese propio aprendizaje que cada uno lleva adentro para no caer de boca, para bailar al son de la marea.
Indiscutiblemente, las primeras huellas que nos dirigen como perros lazarillos desde el comienzo de los tiempos y “por nuestro bien” son las de nuestros padres y abuelos.

Trabajando en el teatro hace unos días, una mujer se me acercó con su hija de unos cinco años en el carrito. Una chiquilla monísima que rápidamente se ganó mis carantoñas. Su sonrisa inundó el lugar de inocencia en apenas unos minutos. (Y ahora viene el quid de la cuestión). La madre de la cría me apartó porque tenía una preocupación interna: que su hija no diferenciara bien a los miembros del grupo de niños que estaban a punto de actuar. (He de decir que la niña se sabía las letras de las canciones como los días de la semana). Y me dice la señora: “Es que como la niña no es normal…”. (Por cierto, era síndrome de Down).  Me acuerdo que en ese momento disimulé todo lo mejor que supe la mala leche que se me leía en los ojos. La miré a ella y su hija como si yo estuviera sentada presenciando un partido de tenis.  Me contuve por educación un “La que no es normal es usted”, pero le zampé rápidamente un “Pues yo la veo muy normal, señora”. La sonrisa nerviosa que se pegó a la cara de esa madre le duró diez minutos. “Bueno, ya… Tú sabes”, me añadió tocándose el pelo. “¿Cómo que yo sé, señora?”, pensé. En ese momento me acordé de las limitaciones.

He empezado estas líneas diciendo que no voy a hablar de ningún tipo de amor. Seguramente esa madre querrá a su pequeña más que a su propia vida, pero ya la está limitando desde sus primeros cinco años de vida. Años de eterno aprendizaje en los que sólo vemos la verdad en las huellas que seguimos. Esas huellas crean limitaciones y esas limitaciones traen consecuencias monstruosas en algunos casos. A mayor número de años, menos autoestima brilla en el cuerpo. A mayor altura, menos oxígeno. A mayor voltaje, menos corriente.
En el 98% de los casos me atrevería a decir que esos dardos los lanzan inconscientemente las personas que más nos quieren. Son piedras de un río, que cuando desemboca al mar se siguen pegando al fondo a pesar de la cantidad de agua. Creces y crees que se dispersan, pero no en todos los casos.

Caer del cielo y saborear la guerra es necesario para llegar a ser la persona que quieres ser. Vivir caído o caída de un guindo es opcional y respetable (cosa que no comparto). Los que viven y actúan sin nada que perder, esquivando dardos, ganan. Y como soy optimista, los que viven perdiendo al final siempre ganan algún camino, aunque sea el de “nunca seré tal”. He de añadir que yo ahora me veo en fotos pasadas muchos “no puedo” que me robaron más noches de sueño de las necesarias. Digo necesarias, porque cuando me dejo llevar por alguna huella ya sudada que estuvo fuera de lugar y “por mi bien”, cojo fuerzas mirando la pared de triunfos propios.
El mal de muchos de los que se limitan es consuelo de algunos, sin duda. Y esos algunos, que cada vez son menos, saben que un sueño no se amuralla. A un sueño nadie puede dibujarle el contorno .

La importancia de seleccionar limitaciones. La importancia de clasificar huellas. Por tu bien. 

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