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martes, 18 de mayo de 2021

Luis García Montero: el lector.

 


A la tercera va la vencida y a la tercera ha sido. El refranero español dicta leyes, que no los reyes. Luis ha llegado al blog, entre reunión y reunión, dibujándole al faro una silueta de calma, pero fluida. Como la que un pintor espontáneo garabatea en una servilleta mientras reposa la comida. Ese es su estado natural, la calma. Calma y temple del que aporta bondades y cultura al mundo sin ningún tipo de presunción. Y con el mérito del que selecciona sus espacios perfectamente acotados, a pesar de tener la agenda repleta de quehaceres. De Luis aprendió Dios el llegar a todas partes. Cero dudas de esto.

Desde el año 2018 dirige el Instituto Cervantes con una batuta de sabiduría, carisma y amor por las letras siendo fiel seguidor del famoso manco de Lepanto. Pero él no es manco. Posee una brillante y política mano izquierda. Piensa antes de hablar. Escucha para responder. Empatiza con los diversos argumentos del exterior y observa sus detalles antes de contarlos. A la vieja usanza, como los buenos maestros. Y por eso, todos los que gozamos la fortuna de tenerlo cerca, duplicamos los años de vida. Para él, estar al mando de la institución que cumple treinta años y protege al español por todo el mundo es motivo de alegría. Si Cervantes atravesara las puertas de la calle Barquillo, Luis no dudaría en compartir con él ciertas ironías quijotescas y le mostraría con entusiasmo el cuadro de Jáuregui que preside su despacho.

El que observa es porque sabe mucho y si sabe mucho es porque ha leído bastante. Todas sus facetas (escritor, poeta, ensayista, profesor…) nacen de una: el lector. En ella resalta su auténtico yo. La única etiqueta que se cuelga. La lectura es la semilla de Luis y de ahí nacieron sus diferentes ramas. Fuertes y fascinantes todas ellas. Entiende mejor el presente político con las bases de Antonio Machado, Federico García Lorca o Teresa de Jesús entre otros muchos autores.

Aunque reside en Madrid, su auténtico oasis es la bahía de Cádiz y desea que su paso por esta vida termine allí. Quizás, por aquello de que todos somos de esos lugares donde nos esperan. Allí lo espera la reunión de poetas amigos, hasta los que ya no están en este plano. Porque los muertos poseen una segunda vida, que late en las lenguas de todos los que los recuerdan. Ángel González y José Manuel Caballero Bonald, por ejemplo, siempre tendrán un amplio espacio en su corazón. ¿A quién no le gustaría haber vivido una de esas sobremesas eternas con olor a mar? Con Sabina, Felipe Benítez Reyes, Almudena Grandes (mujer de Luis). Literatura viva. Yo le he confesado que ese hubiera sido mi lugar favorito en el mundo. Y él sonríe y asiente.

“Aunque tú no lo sepas, con los años, este desorden fundará tu vida como los ríos fundan sus ciudades”.  De toda la antología poética de Luis, a mí me marcaron esos versos porque con el tiempo los entendí. Porque los desórdenes crean nuevas oportunidades. Él entro en la universidad cuando había que vencer una dictadura para crear una democracia y eso le dio el compromiso social que mantiene en su día a día. Sus artículos domingueros en Infolibre dan fe de esto y lanza un discurso progresista en el que nos muestra a la altura de los ojos que estamos a tiempo de cambiar cualquier desigualdad mundana y exaltar los derechos humanos para buscar una buena salida.

Y a la salida de esta charla llega Luis recitándome cuatro versos propios:

“Si alguna vez la vida te maltrata,

acuérdate de mí,

que no puede cansarse de esperar

aquel que no se cansa de mirarte”.

A la tercera fue la vencida, pero lo conseguimos. Este faro cada vez que se sienta maltratado acudirá a este rato agradable para brillar con tu presencia, querido Luis. Gracias por la compañía y tu tiempo. “Aunque tú no lo sepas”, con la cultura de la palabra has fundado un imperio en el que no existe el desorden. Gracias, Luis. 






jueves, 17 de diciembre de 2020

Pedro Ruiz, admirado y admirable.

 


“Solo le canto mi copla a quien por mi camino va”, escribió Machado. Pedro Ruiz comparte la misma filosofía. Él sabe que intentar convencer a los demás es agotador, por eso deja los púlpitos para los curas y considera que todo aquel que alza la voz, no lleva razón. Él se desenvuelve con términos simples, pero muy meditados. Expone con la fluidez del Tajo sus pensamientos intensos sin trampa, ni cartón. Tampoco cree en las verdades incontestables y ni siquiera piensa que la humanidad sea un elemento importantísimo en el curso del universo. No le gustan las poses y mucho la poesía. Es fiel a la vieja escuela del papel y el bolígrafo. Escribe tan rápido que apenas hace borrones y por eso los montones de folios que recopila por todos los rincones de su casa van con placenta. Sabe que puede estar equivocado. “Ana, si algo debemos aprender en este camino es la sencillez”.

La mujer más cercana a su rutina, desde que lo vio por primera vez encima de un escenario, lo define como inventor. A mí, si me preguntan, lo adjetivo con un incomparable. Y él, en un golpe seco rompe todas las etiquetas que le cuelgan. El campo no tiene vallas. 

Se siente privilegiado, pero también se cansa de estar consigo mismo. No recuerda la última vez que fue al médico. Todas las mañanas, haga calor o haga frío, se baña en la piscina de su casa y tiene un sistema inmunológico envidiable. 

Sin raíces no hay alas y las suyas están en su Barcelona y en sus padres, de los que heredó la bondad y aprendió que la vida es un cohete, que cuando estalla, cae el palito.

Ahora no sale en televisión porque no forma parte de ninguna tribu, no obedece órdenes de partidos políticos y porque es un autor. “La televisión actual no quiere autores, solo productos y censurados”. Y no cree que nada de esto cambie. Piensa que la libertad es una estatua en cuyos pies se mean los perros. Pero como quien tuvo, retuvo, conserva buenas amistades en todos los ámbitos. 


                          
                                                                       (Los rincones de su casa cuentan historias. Aquí, premios y recuerdos). 


Su rol de entrevistador no es vocacional y le vino por casualidad, como llegan siempre las cosas importantes. Para él no existe la entrevista perfecta. “Todos llevamos un lío dentro, todos somos un lío. Si encima tu lío lo pones en contraposición con el que tienes enfrente, sale un tercer lío, pero no sale ninguna claridad”. 

No es un entrevistador, es un artista que conversa. Publicar una exclusiva lo ve como una mera gilipollez. “El lícito sentido del mérito consiste en contar algo bien. En ser el primero se matan los tontos. La sociedad ha sustituido el mejor, por el más”.


Pedro nunca ha votado y nunca se votaría ni a sí mismo. “La democracia es un concepto muy bonito, pero una vez se establece el sistema, se prostituye y acaba siendo una parodia”.

Él posee diversas tesis, pero yo voy a destacar una por simplificar. “En todas las vivencias que tenemos suele haber tres fases: hambre, atracón y diarrea. Hambre es igual a dictadura, no hay dinero, no hay libertad, hay miseria. Atracón es la democracia, los partidos, libertades, leyes, novedades…  Y diarrea es la descomposición del asunto en el que ahora andamos”. Como podéis deducir, las tres fases son aplicables a todos los ámbitos mundanos.

Si hablamos de tecnología, piensa que el progreso es bastante peor que el regreso. Él prescinde de smartphone. Su cuenta de Twitter la maneja su secretaria con escritos que él le envía. No usa WhatsApp, pero sí la memoria para marcar de cabeza los números de teléfono. “Los jóvenes tienen una capacidad extraordinaria de comunicación, pero también una dependencia y rédito de trabajo permanente”. Pedro no quiere ir contra de las bondades de la tecnología, pero cree que “la libertad consiste en que sepan poco de ti, no en que lo sepan todo. Cuando lo saben todo eres totalmente frágil”.

Él no comulga con la idea de pasar por la vida dejando huellas porque dentro de unos años nadie hablará de nadie, ni tan siquiera de Shakespeare. Por eso debemos dejar luces para iluminar a los que vienen detrás, aunque sean mínimas. “Somos muy pasajeros y haciendo daño a los demás, solo nos lo hacemos a nosotros mismos”.

De su amigo Pepe Sacristán aprendió eso de “lo primero es antes”. Por eso no tiene patria, tiene madre, a la que cuidó hasta el último suspiro.

Ahora tiene muchos proyectos para divertirse: películas, teatros, televisiones, libros, canciones… Procura sacarlos cuando le dejan y ahora piensa que es el momento. Tiene la energía desbordada de un chico de veinte primaveras. Cuando no está a la vista del público va mucho al cine y no quiere estar enganchado a nada, por eso no ve series. Cuando la voluntad se convierte en dependencia no le interesa.


El presente lo ve abriendo y bajando telones. Es feliz haciendo lo que ama. Dentro de un mes, vuelve a los escenarios madrileños con su espectáculo “Loc@s”. Y con diecisiete libros publicados, ya tiene preparado el número dieciocho.

Desde muy niño, diferencia muy bien lo admirado de lo admirable y sabe que las cosas fuertes ocurren siempre en soledad. Yo desde que lo conozco, también diferencio estos conceptos, pero él para mí encaja en los dos. Siempre admirado. Siempre admirable. Gracias, Pedro, por enseñarme todo lo que no he escrito y por el cariño que me regalas. 

                    


lunes, 26 de noviembre de 2018

Paco León, ardiente e imparable.


Mientras el frío se cuela por las costuras de noviembre, Paco León arde. Él a contracorriente, tan libre, tan acertado, tan proyector de ideas que derivan en arte…

Hoy he charlado con él. Junto a la diseñadora Ana Locking, Paco ha presentado la colección cápsula de Arde, su última serie. Ropa, complementos... Paco no encuentra su palanca de frenos y si la ha localizado, le da la espalda.
Cuando lo comparan con Almodóvar sonríe con un “ya me gustaría” y define al director manchego como “historia” y a él mismo como “uno que hace cosas locas y diferentes”.

Arde Madrid surge de la necesidad de unirse a su chica para hacer televisión de pago, espacio en el que Paco ve el futuro y lo adjetiva con un “interesante”. A él la inspiración le pilla trabajando en historias que aún nadie ha contado, por eso de manera casual tropezó con Ava Gardner, con sus respectivas anécdotas durante su estancia en Madrid y no dudó en dar vida a todas esas fiestas y desencuentros que en su día le dieron a la actriz estadounidense. La localización de una España franquista (que aún resurge en periódicos de hoy, pero por otros motivos) ha vuelto a nuestras pantallas a través de los ojos de Ava, mezclando flamenco, pudor, desenfreno, inercias, costumbres, borracheras, puertas “padentro” y puertas “pafuera”. Y si de algo entiende Paco es de puertas, ya que su arte es como el campo: no tiene.
Para él, “cómo comunicar la serie y comunicarla es lo mismo”. Ya decía Lola Flores “que hablen bien o mal, pero que hablen”  Y Paco comprende ese lenguaje. Todos sus trabajos están en boca del mundo mucho antes de que vean la luz. Por eso alabo todo el tiempo que invierte en darle de comer a su propia marca personal, a su marketing y a su imaginación infinita. Tres ingredientes que cocina con un cuarto: sentido del humor. En cada uno de ellos cuenta con amigos y amigas que nunca saben decirles no y da las gracias como muy bien nacido que es.

Paco es actor por encima de todas sus facetas, pero le demuestra al mundo que se puede estar en misa y repicando dirigiendo la claqueta de su Arde. Se siente tan cómodo, que ya piensa en la segunda parte de la serie.



Paco incansable, Paco innovador, Paco cercano, Paco que reinventa el pasado, Paco de presente con agenda gorda, Paco de futuro improvisado con tiempos trabajados, Paco de Carmina, Paco andaluz, Paco ciudadano del mundo.

¡Qué fácil es escribir sobre ti! El frío se cuela por las costuras de noviembre, pero tú ardes y los demás nos dejamos arder. No dejes de inventar cosas para que sigamos encontrándonos, Paco. Te espero siempre en este rincón. Gracias por una mañana tan bonita. Un placer verte ardiente e imparable, creando escuela. 





-Aquí tienes el enlace de la charla: 

sábado, 6 de octubre de 2018

Lorenzo Caprile, maestro de la costura.

La moda nunca me ha quitado el sueño, no me obsesiona y me limito a elegir la ropa que me gusta y que creo favorecedora. Desde un tiempo atrás, me tiro a la piscina de la comodidad. Esto no quita la admiración que siento por el mundo del traje a medida. Quizás, porque mi infancia transcurrió en el taller de una abuela costurera entre máquinas de coser e hilos. Una abuela que intentó exaltar mi astucia con la aguja y que abandonará este mundo sabiendo que su esfuerzo fue en vano.

La profesión que elegí, afortunadamente me ha acercado a grandes profesionales y me ha agrandado la admiración de la que te hablaba antes. El otro día visité las entrañas de un taller que abrió sus puertas en Madrid en el año 93 en pleno barrio de Salamanca. 
¿Quién me iba a decir a mí que iba a pisar el taller de Lorenzo Caprile
La vida tiene unos giros grandiosos... 




A él lo conocí hace unos días en el teatro. El tabaco mata, pero si fumas en los descansos del trabajo, Lorenzo te alarga la vida. Sus opiniones van con hilo fino y resistente, como sus puntadas. El escepticismo que no puede evitar ante el mundo en el que vivimos, lo suple con disfrutar el momento presente. Dice que “eso es una ventaja que te brinda la edad”, porque como creyente “el mañana sólo Dios lo sabe”.
Piensa que “el mejor proyecto es el que está por llegar”, por eso cuenta las horas para el estreno de sus últimos quebraderos de cabeza transformados en arte: El médico, la adaptación musical del best seller del estadounidense Noah Gordon que puedes ver a partir del 17 de octubre en el teatro Nuevo Apolo de Madrid. Lorenzo ha seguido paso a paso las indicaciones valiosas del autor para ejercer como nadie su faceta como figurinista. El teatro le hace feliz, tanto como el amor a los trapos que le inculcó su madre. Elegir meticulosamente las telas para cada actor no ha sido coser y cantar. Por eso, agradece el buen hacer de su equipo consolidado y “lo fácil que se lo hemos puesto todos” (me adjunto).






No le gusta la televisión, pero ahora vuelve a vencer su pudor y la vergüenza tonta en la segunda edición de "Maestros de la costura" en TVE.
El modista no lleva la cuenta de mujeres que ha vestido, ni considera un trabajo más importante que otro, aunque se siga hablando hoy en día del traje rojo que lució la Reina doña Letizia hace catorce años en la boda de los príncipes de Dinamarca, “que eso en moda equivale a siete siglos”.  

Para él, el estilo es inteligencia y sentido común, y para mí la inteligencia es la suya: vivir en un hotel como Al Capone, no tener smartphone por miedo a esa posible adicción común que sufrimos todos y el fomentar su amor a la literatura y al lenguaje sin hacer uso de anglicismos.






Sólo puedo darte las gracias, querido Lorenzo. Gracias por tu carácter, tu genio, tu respeto, tus bromas, tu exigencia en el trabajo y tu generosidad. Como decía al principio, me limito a elegir la ropa que me gusta, por eso hoy estás aquí en mi faro. 
Gracias por llegar cuando no te esperaba y enseñarme tu forma de ver el mundo y las telas que guardas en tu paraíso. A mi abuela te la tengo que presentar.



-Enlace para escuchar la entrevista:



miércoles, 26 de septiembre de 2018

El farero de mi faro.

 “A veces, nuestra propia luz se apaga y se vuelve a encender por una chispa de otra persona. Todos tenemos algún motivo para estar profundamente agradecidos con aquellos que han vuelto a prender la llama dentro de nosotros”. 
Albert Schweitzer. 


Esta frase me sorprendió la semana pasada en el camino de vuelta, tras comer con David y despedirme de él. Soy de las que piensan que tenemos tanta información diaria ante nuestros ojos, que irremediablemente seleccionamos sólo aquella que nos queremos creer. Voluntaria o involuntariamente. Causal o casualmente. Esta frase que menciono, me recuerda a David, a mi amigo David Cantero. No sabía muy bien cómo empezar estas líneas y gracias a la rapidez de Google recuperé esta frase del Premio Nobel de la Paz de 1952. Me la creí y así he podido empezar.

Algunas veces, depende y según para qué cosa, los dedos de una mano resultan excesivos como herramienta de medida. Sobre todo, si se trata de contar a aquellos que valen más por sus silencios que por sus palabras o a los que te ayudan en la sombra con una empatía desbordada por el simple placer de ayudar. 
La primera vez que me crucé con David fue en el estreno de una película hace ya tres años. Tú, que me lees, sé que lo conoces. Él respeta y acepta los modos formales del Periodismo todos los días a las tres de la tarde con traje y corbata desde el plató de Informativos Telecinco. Contar lo más destacado del día es una gran responsabilidad diaria que le apasiona y presentároslo en este pequeño rincón también lo es para mí. Pero yo te voy a mostrar al David que nació para estar descalzo frente al mar, al hogareño, al de la gigante faceta artística creativa, al que pulió su timidez y su enorme sentido del ridículo con el tiempo, al que disfruta leyendo “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury, al que vuela desde hace más de cuarenta años en una moto y al que hizo desaparecer mi inseguridad con consejos oportunos.


 David comenzó en este maravilloso mundo de los medios de comunicación muy joven y como auxiliar de cámara, aunque siempre tuvo muy claro que quería contar lo que sucedía. Aprendió de cada uno de los profesionales que la vida le puso por delante y ser autodidacta le ha salvado de muchas batallas. Como figura pública, le avalan más de veinte años mirando a los espectadores sin adjetivar las cosas que le indignan y no habla de sus creencias espirituales, ni políticas. Evita cargar con esa espada de Damocles en vano. Como genio y figura en su faceta privada, escribe, pinta, practica deporte, toca la guitarra, fuma, ama a su familia y siempre tiene tiempo para sus amigos y para sus soledades voluntarias. David prefiere disfrutar de una película desde el sofá de casa sin toses, ni palomitas ajenas y en el teatro, desde el patio de butacas por el respeto que mantiene el público que lo frecuenta. Odia los selfies porque sale fatal y ante el encasillamiento de “Richard Gere español” suelta una carcajada y se autodefine como gañán. A él con estar cómodo y aseado le basta y no cuenta las repeticiones del mismo modelo de pantalón que tiene en el armario.

En uno de esos días críticos en los que yo estaba un poco rota, aunque me hacía la entera, tuvo palabras de aliento, me invitó a su trabajo y me recordó que todos tenemos dos alas y una cantidad ingente de opciones. Sus consejos fueron y son precisos, directos y correctos, al igual que el lenguaje que utiliza frente a la cámara. Él sueña con un programa informativo en el que pueda llamar a las cosas por su nombre y yo, como tengo este pequeño rincón para hacerlo, llamo a David “farero de mi faro” sin bañarme en exageración.


(Faro dibujado por David).


Mi faro ya tiene farero, mar en calma, supervivencia y trazos acertados.
Gracias, David, por esa llama que mencionaba al principio del texto: la llama que prendes y por consecuencia, desprendes. Toda la tienes en tus retinas.
Ahora el camino continúa, los barcos se adentran en el mar para batallar al son de la marea y llegar a buen puerto.  Y cada vez serán más y más los que busquen indicaciones en el litoral marítimo. Pero todos tendrán algo en común: agradecerán tu mano de obra, tu luz y tu profesión en peligro de extinción: farero de mi faro.

Gracias por ser GPS y torre alta sin caer. Cuenta  con mi admiración y cariño para siempre. 



 

martes, 19 de junio de 2018

Gracias por estar aquí, Miguel.



Él llegó a mi vida casi sin anunciarse, como su “Santa Lucía”. Nos presentaron en la sala Galileo Galilei y por un destino acertado coincidimos días después en la presentación de un libro. Volver es una forma de llegar y volver a encontrarme con Miguel fue llegar a uno de esos regalos que brillan, mientras yo caminaba despistada mirando al infinito. Él formó parte de ese pequeño grupo reducido de personas a las que les confesé la remota existencia de este blog y quiso participar. Entre muchas ideas postergadas, por fin encontramos ese momento exacto. Dicen por ahí que todo lo que tiene que encajar, aunque se haga de rogar, al final siempre llega a todo pulmón. Ayer me invitó al ensayo general de su gira, la que pronto vamos a tener  la fortuna de disfrutar.





En el presente, Miguel se encuentra inmerso en su último trabajo musical “Symphonic Ríos”. CD más DVD. Una simbiosis perfecta que hace soñar hasta al más testarudo musicalmente hablando.









El blues es un estado mental y admirar a Miguel es uno de los secretos de la felicidad eterna para cumplir con dignidad los cien años. Él no tiene trampa ni cartón. Tras ocho años de silencio, ahora vuelve a vivir en la carretera sonando mejor que nunca. Vistiendo de domingo a la clave de sol. Atraviesa directo al corazón con su voz, inevitablemente. Tanto como a Boabdil el Chico le atraviesa la garganta el viento del sur.








A sus 74 años, no grita los secretos de su pacto con el diablo, pero sí los sueños vivos que colecciona. Los grita tan fuerte como cuando trabajaba en su Granada vendiendo discos, como cuando ese Mike Ríos aún no sabía los pasos grandes que iban a dar sus pies. ¡Qué maravilla el volverlo a ver empezando a vivir de continuo!

Aún recuerda Granada en la bruma de su niñez, sus raíces lo esperan siempre ahí con los brazos abiertos, pero se bajó en Atocha como su amigo Joaquín y Madrid le quiso. “Cuando las cartas salen malas y van los dioses a lo suyo” (que le escribió su amigo) Miguel con su himno nos resucita a todos, le pone calcetines limpios a la alegría y los hombres vuelven a ser hermanos.


La nostalgia que no tiene, tampoco le impide avanzar. Él afirma que estamos empecinados en vivir una vida esquizofrénica, pero obtiene su remanso de paz gracias al deporte que practica durante sus pocos ratos libres. Deporte físico, ya que el ejercicio de memoria lo hizo y lo disfrazó de literatura. En “Cosas que siempre quise contarte” nos relató en voz alta la faceta privada de su vida, aunque este hecho nunca fue una de sus prioridades esenciales.

Su timbre de voz está intacto y continúa caminando con pasos firmes gracias a esa sabiduría engendrada a base de tomos de historias ya sumadas en sus retinas.




Bienvenido a La luz de mi faro, hijo del rock and roll. Los viejos rockeros nunca mueren. Haznos felices con lo más simple: con tu existencia, Miguel. Haznos soñar no sólo las noches de verano, sino todas las que quieran venir. Yo recordaré este día de ensayo como un río de luz que me agrandó los pulmones.  
Gracias por todo el amor que no sólo le das a “Popotitos”. Gracias por tu humanidad, gentileza, tablas, risas y generosidad. Por desalojar a los fantasmas cotidianos, por tener un solo corazón. 

Gracias por estar aquí, Miguel.



En este enlace puedes escuchar el audio de la entrevista a Miguel:


domingo, 27 de mayo de 2018

Un café literario con Javier Menéndez Flores.



Hace justo un año nos conocimos y por aquel entonces, Javier Menéndez Flores ya era uno de mis escritores admirados. En el presente también, aunque por su generosidad ya le concedo el título de amigo. De él venero su oficio, sus buenas formas al responder, su paciencia y su relación estrecha e indestructible con la objetividad. Su capacidad de contrastar no tiene límites. Hace unos días compartimos café en uno de los sitios más literarios de Madrid: el café Gijón. En ese lugar aún se respira a Federico García Lorca, a Gerardo Diego, a Benito Pérez Galdós, a Dalí… 


Los pulmones se llenan de sabiduría y si diriges la vista a cualquier rincón, tu propia imaginación desvaría al intentar trazar algún encuentro del pasado.




Si a Javier le preguntan por el destino, no cambia de conversación. Él cree sólo en un tipo de azar: en ese en el que uno mismo actúa. A sus cuarenta y nueve años, por su mirada noble, juraría que no le ha contado los pelos al demonio, pero  sí a todos y a cada uno de sus entrevistados.
Casi veinticinco años ejerciendo “el mejor oficio del mundo”, que diría Gabriel García Márquez, afirma que “La única manera de vencer a un folio en blanco es poniéndose a trabajar”.
En su pasado destacan biografías autorizadas. Dani Martín, Lolita Flores, Miguel Bosé, Roberto Iniesta (Extremoduro) y Joaquín Sabina (nuestro punto de unión). Todos se enfrentaron a sus preguntas. Entrevistar a Javier da respeto, yo no lo niego. Él siempre obtuvo respuestas hasta de las preguntas más agrias. Audaz hasta el extremo. Pero la suerte que nunca he dejado de buscar me ha premiado y hoy la luz de mi faro se ha convertido en cañón teatral directo a su persona.

Su presente dulce tiene dos títulos. Por un lado, “El hombre que no fui”, junto a Melchor Miralles. Novela sobre el caso Urquijo, posiblemente el crimen más mediático de la historia de la crónica negra española. Actualmente, novela finalista al Premio Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón, el cual se fallará en dicho Festival el próximo 13 de julio.


Por otro lado, la reedición de “Perdonen la tristeza” del maestro de Tirso de Molina (y del mundo). (La objetividad hoy se la dejo intacta a Javier). Él también comulga con Joaquín hasta los domingos por la tarde.







Casi veinte años después, una reedición revisada y actualizada (con más de doscientas páginas inéditas y tres pliegos de nuevas fotografías).




(A la derecha, foto de Jimena Coronado).


Su futuro: una novela anhelada guardada en el cajón que le está pidiendo su sitio.
Su tesoro oculto: una rama gruesa de poeta que aún no tenemos la fortuna de conocer.

En la mente de este ex atleta federado ya sólo corren las ideas que dan a luz a través de la tinta. Ideas que le han robado más de quinientas noches y que en la meta adquieren forma de libro.



Gracias, Javier. Gracias por trabajar con brújula, por ser honesto y por hacer feliz a esta joven aprendiz.



En este enlace puedes escuchar la entrevista y así verificar cada una de mis palabras.






Próximas firmas de Javier en la Feria del libro de Madrid:

-Sábado 26 de mayo (de 12:00 h a 14:00 h). Cúpula – Caseta 231.

-Viernes 8 de junio (de 19:00 h a 21:00 h). Junto a Melchor Miralles – Caseta de La Esfera de los libros. 
-Sábado 9 de junio (de 12:00 h a 14:00 h). Cúpula – Caseta 231.


(A la izquierda, foto de Margarita Bañón).





domingo, 8 de abril de 2018

Al mago del micrófono y las ranas.


“Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”, decía Calderón de la Barca. Muchos de esos sueños, los más selectos y quizás los que te hacen sudar cuando la cifra de años va en aumento, se crean en ese periodo de tiempo en el que todo sana a besos con curita de rana, en el que todo se barniza con ilusión, al que acudes sin remedio cuando te saluda algún recuerdo: la infancia.

Hoy te presento a un amigo, mucho más que un simple compañero de trabajo. Él se define como maestro en nada y aprendiz de mago. Si me preguntas, te diría que su maestría ante el micrófono es asombrosa. Le da a cada palabra esa magia que muchos mueren sin adquirir y que él sabe producir de manera natural como si de coger oxígeno se tratara. Todo a jornada completa y sin fiestas de guardar.



Niño afortunado de infancia feliz: amor, cariño y libros. Como nunca tuvo suficiente con las lecturas obligatorias del colegio, cada vez que la última página le sorprendía con un “fin”, él resumía y dibujaba en casa lo leído. (Hoy sus padres guardan con recelo esa colección de primeras veces). “El árbol de los pájaros sin vuelo”, de Concha López Narváez abrió esa veda y cuando usa el presente para rebobinar, se reencuentra con sus cimientos.
Cuando conocí a Víctor Alfaro, yo era una becaria que aún no sabía la cantidad de primeras veces que me quedaban por experimentar. Becaria sin vuelo, como los pájaros de ese libro. Pero abracé la suerte, me posé en sus ramas. Descubrí las raíces de Víctor sustentadas casi al unísono por las de Radio SOL y hoy disfruto el paisaje desde ese árbol de tronco grueso en el que cada anillo muestra alguna etapa de la vida que ambos llevan compartida. Víctor y la radio. La radio y Víctor.





Él no tuvo claro el Periodismo. Hubiera sido profesor de Historia, como su tío. Pero con diecisiete años se dejó absorber por la radio. A veces, cuando hacemos un descubrimiento y nos brillan los ojos, ya no hay vuelta a atrás. A Cristóbal Colón le pasó con América. A Víctor cuando se tropezó con muchos corazones que latían con fuerza y ganas. Lo que él no sabe, es que esos corazones se han nutrido por su buen hacer y ahora bombean sanamente con su voz en el 99.8 de la FM. Ya ves, cualquier casualidad puede cambiar el rumbo de una historia.

Víctor, curioso y optimista, se fijó detenidamente en la luz que regala el sol todos los días, justamente a su caída. Desde entonces, todos los que disfrutamos de su presencia, nos deslumbramos con el resplandor dulce que proyectan sus contenidos musicales en su blog “Al caer el sol”, derivados de su primer programa en antena con el mismo nombre.“El programa que más feliz me ha hecho”, dice con una sonrisa. Los que recuerdan ese programa referente en la canción de autor también lo hacen con una sonrisa. Rozalén, Marwan… A todos les tendió las dos manos altruistas. La bondad de Víctor te vuelve grande, a los hechos me remito.

“Cuanto más cosas hagas en tu vida, mejor” le aconsejaban sus padres. Y tantos años de pasión dándole los “buenos días “a los más pequeños en Diverclub le hicieron escribir. Ya no hacía resúmenes, 
pero sí dibujos a sus hijos en una pizarra durante todos los amaneceres. De las horas que se esfumaron escuchando a “sus grandes narradores orales” (como a él le gusta catalogar a sus abuelos) disfrazó el pasado no tan lejano en presente. Su visión, la de un Peter Pan oyente, derivó en su primer libro publicado: “Alejandro y la gorra del tiempo”. La historia de un niño tímido y solitario, que de manera accidental viaja al pasado, concretamente al Madrid de la Guerra Civil. A mí me toco el corazón durante dos horas, no digo más.



A su profesionalidad le llovieron oportunidades, pero ahora cuando analiza su presente en Radio SOL y abraza a su familia siente que ha conseguido su objetivo. Se alegra de haber usado chubasquero.

Víctor dice que las mejores ideas hacen acto de presencia cuando tiene tiempo para pensar. La inspiración lo sorprende en esos momentos en los que ni se atreve a llamarla por su nombre, o quizás sí, y se llama Raquel. Ella, la que  mostró su destreza al atrapar una rana en plenas vacaciones. Su astucia, para asombro de todos, derivó en libro de cuentos. Ahora se llama “La cazadora de ranas”. En esa brazada de moralejas y consejos, Víctor evidencia que olvidamos el valor inmenso de las pequeñas cosas: el amor a los abuelos, el disfrute del aquí ahora sin móvil y sin likes, la importancia del verbo empatizar, la unión de los primos, la sabiduría que produce el cambiar de opinión, las razones que tiene un malvado para parecerlo y no serlo, la belleza de un cielo lleno de estrellas, un “esto también pasará” a tiempo… 








Maravilla en prosa para niños y no tan niños. Cuando cierras el libro, sientes a Martina como miembro de la familia, incluso se te clava en el corazón un fantasma. No te cuento más porque puedes encontrarlo en cualquier librería. Hazme caso, el alma te olerá a limpio. En todos los personajes hay un poco de Víctor y dentro de Víctor ya vuelan muchos otros que pronto conoceremos todos. (Espero que así sea).




Víctor olvida los nombres, recuerda las caras, admira los silencios de Jesús Quintero y cuando le preguntan por Joaquín Sabina se queda sin palabras y repasa himnos ya memorizados.

Ojos verdes los suyos. Verdes como las ranas. Verdes como la esperanza de sus palabras sostenidas siempre por sus hechos. "Verde, yo te quiero verde", ya lo decía Lorca.

“Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Y los míos cobran fuerza teniéndote cerca, Víctor.
Tus pasos  infinitos me inspiran. 
El brillo de mi faro es tuyo.

Gracias, amigo.




Antes de despedirme y de mandarte besos en la frente, a ti que me lees, te comunico que puedes conocer al mago del micrófono y las ranas en la Feria del Libro de Leganés el domingo día 22 de abril y en la Feria del Libro de Vallecas el viernes 27 de abril. ¡Apúntalo bien! 

Y ahora sí... 

Besos en la frente.

Ana 





viernes, 2 de marzo de 2018

La teoría del iceberg.


Dice el refrán que en esta vida se carece de todo lo que se presume, pero siempre hay excepciones. También dicen que el cariño se demuestra con hechos y ahí no hay excepción que valga. Si en algo me considero millonaria es sólo en una cosa: en amigos. No por la cantidad, sino por la calidad. Hoy me apetece presumir de una de ellas con el único cariño que conozco, el que se demuestra. El movimiento constantemente andando. 
Tenemos en común el nombre, la edad, las raíces, los principios, la sensibilidad, el presente en Madrid y la perseverancia en el trabajo. Muchos la conoceréis como Ana Pilar Corral Berbel del concurso de Canal Sur “Se llama copla”. Muchos más como Ana Corbel. Unos como paisana. Otros como compañera. Dos personas como hermana. Otras dos como hija. Y yo como amiga y regalo en esto de la vida.



No es narcisista de su cuna, pero sabe que tiene mucha suerte de haber nacido en Andalucía. Concretamente en Úbeda (Jaén), rodeada de olivares, árboles mediterráneos que cuidaron sus abuelos con recelo, mimos y constancia. Antes de que Ana balbuceara sus primeras palabras, supo que hay que esperar años para que broten las primeras aceitunas y para que de esas aceitunas se obtenga un oro líquido, también.
Nunca quiso decantarse por Biología o Química. De lo que no tuvo duda fue de ser lo que debía y quería ser. Por eso los primeros aplausos que recibió fue en el día de su Primera Comunión, cuando entonó “Ayúdame Señor a caminar” en plena iglesia para el asombro de todos los allí presentes. Me cuenta, que de su docente José Antonio del Olmo (profesor de Música que se emocionó hace pocos días viéndola grande en el teatro Lara), aprendió el “Amo lo que hago”. Este maestro orgulloso le tendió sus manos con tanta generosidad, que en el año 2003 Ana ganó su primer festival, el festival de la canción de Quesada en el que interpretó un tema de Pastora Soler.


Como mujer, alaba a la mujer talentosa. Como guapa, siempre tuvo que demostrar que también es lista. Decidida y valiente sabe que todo suma. Por este motivo, a los 16 años recibió clases de canto en Málaga y fue muy consciente de que una bofetada a tiempo es necesaria y genera milagros. De colocarse bien el micrófono nunca se olvida, tras ese fatídico día en el que le puso voz al musical Camelia y, tras un cambio de vestuario, no lo llevaba encima. Aprendió que un juego es el dominó, no el cantar. Y al cantar recordaba “Ana, pasión siempre. La música está sedienta de pasión”, de su profesor Pedro Gordillo.
Cuando le sumó un año de experiencias a la mayoría de edad, el tema “Mar blanca” de Antonio Molina la hizo pasar tres fases de casting, hasta llegar a ser concursante del programa Se llama copla. Aquella Ana, la que años más tarde por un destemplado momento de sus cuerdas vocales frenaría en seco el “A tu vera” de Concha Piquer para repetirlo en un lleno completo en la plaza de toros de Antequera, se sintió pequeña esa primera vez ante la ropa, las cámaras y la opinión de los que ya dejaron de importar. “No eres imprescindible, pero eres necesaria”, le dijeron. Y ahora guarda ese consejo tanto como las tablas que adquirió en ese formato televisivo andaluz creado por un ángel  y de apellido Custodio.


Para que te bailen, primero hay que saber bailar. Ana lo sabía. Incansable y polifacética con 21 años siguió los pasos de Pilar Astola en su academia de baile sevillana. La luz que el maestro Sorolla le puso a cada uno de sus cuadros, es la luz que a ella le inspira y que sus ojos a diario transportan. Por esta razón, Ana sabe que el arte no tiene puertas y mucho menos cerradas. 
Evitando un futuro “tenía que haber hecho”, hace dos años decidió abrir las alas en Madrid. Ella que se emociona con los que se emocionan con su voz, que no se sonroja con un “¡Qué guapa eres!”y que le pone firmeza a sus pasos cortitos, a sus 23 años decidió estudiar en la capital de España Interpretación y Técnica Lírica. En cada casting semanal al que asistía, lidió con eses forzadas y jotas marcadas de gatos, Isidros, Palomas y Almudenas.

A Ana se le cayeron los miedos y nunca los anillos. Por eso sabe el dolor que causan unos tacones de azafata cuando el deber y el hacer no concuerdan con el sueño innato del alma.
Si le preguntas por el futuro, antes dudaba la respuesta. Ahora te contesta que se imagina luchando. Mucho tiene que ver en eso el productor Paco Ortega. Su “Necesitas un proyecto” derivó en el presente dulce y merecido que ahora disfruta en carne propia. Dos temas, un single y horas de estudio derivaron en historia. La historia en un sueño y Ana lo llama “primer trabajo discográfico profesional”. Las listas musicales lo llaman Ana Corbel. Y los que la queremos lo catalogamos en obra de arte.


Esa chica, a punto de cumplir 26 años, no disfruta viéndose en pantalla. Se aferra a su abuelo Juan Manuel cuando quiere sentir ese amor incondicional que nadie puede pagar y entona “Andaluces de Jaén” en el disco homenaje al poeta Miguel Hernández con un pellizco en el corazón. 
Cada vez que se baja del escenario, antes de beber agua, busca las caras de sus padres y respira hondo. Ella, la que se alegra del bien ajeno y prefiere sólo saber los nombres de sus amigos. Ella, la que no se atreve a compartir una charla con Alejandro Fernández, ni teniéndolo a medio metro, aunque sueñe un dueto con él en uno de sus discos. Esa chica constante, pasional, generosa y sincera es mi amiga. Tomar un café con ella es sanador. Verla crecer me pone tan feliz como un éxito propio.


Hoy te he contado la trayectoria de Ana porque puede que te represente de alguna manera si has luchado con uñas y dientes por un sueño. A mí me hace confirmar una teoría que, permíteme, me ha identificado siempre. La teoría del iceberg de Ernest Hemingway. Esa teoría en Psicología viene a representar eso de que sólo tiene nuestra atención aquello que percibimos a simple vista. Sólo divisamos  la punta del iceberg, nunca el inmenso bloque de hielo que es invisible a nuestros ojos y que perdura en las profundidades del mar. Sólo vemos un 20% de ese hielo. Sólo un 20% de ese trabajo constante.


Antes de juzgar a una persona, acuérdate de esta teoría. Te harás un regalo a ti mismo, no perderás el tiempo en vidas ajenas y todo lo que irá llegando para quedarse será bueno. Recibirás regalos. Mírame a mí, me llegó Ana. Mi amiga Ana.



 Besos en la frente.

Ana 








domingo, 14 de enero de 2018

Ángel González: diez años de ausencia.


“Quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. Ese refrán, seguramente, lo pensó el poeta Ángel González en más de una ocasión a lo largo de su vida. En el décimo aniversario de su muerte, sus tesoros más cercanos decidieron volver a recordarlo.
En la mítica sala Galileo Galilei de Madrid, se citaron músicos, poetas, escritores, periodistas y muchos admiradores. Con la sala a rebosar, por el escenario desfilaron nombres como Miguel Ríos, Marwan, Pedro Guerra, Luis Ramiro, Almudena Grandes, Luis García Montero, Rozalén, Benjamín Prado… entre otros.

En esa sala madrileña tengo muchos recuerdos felices. Sus camerinos cuentan nervios, primeras veces, secretos... Tantas y tantas historias. La Galileo madrileña siempre es sinónimo de felicidad. Pero esa noche fue, sin duda, una de las más especiales.  

Todos quisieron recordar los poemas de Ángel con mucho cariño. Dos horas de canciones, lecturas, anécdotas y palabras de emoción. Todo para rendirle tributo al que fuera poeta español de la Generación del 50 y premio Príncipe de Asturias de las letras en 1985. La gran ausencia: Joaquín SabinaNo pudo negar (haciendo un guiño a su último disco) la indisposición que produce una gripe. Él también es mortal, aunque a muchos nos cuesta asumir ese detalle. Lo echamos mucho de menos, eso sí.










El reportaje que podéis escuchar en el enlace que os muestro a continuación, lo hice para Radio SOL. Pero los buenos ratitos de esa noche los viví para guardármelos en el corazón.