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viernes, 29 de octubre de 2021

Fantasía

Los vivos trabajamos con fantasía para recordar a los muertos. Fantasía de amor engrandecido o de odio desmesurado. Pero, al fin y al cabo, fantasía. Fantasía para hacerles partícipe de un presente que ya no tienen. Para que sientan qué y cómo nos sentimos. Qué nos ha pasado. Que lo vean. Y hasta les pedimos opinión. Les preguntamos. “¿Lo hice bien?, ¿tú qué hubieras hecho si no estuvieras muerto?”. Y nos imaginamos la respuesta con fantasía de amor o de odio. Porque a los vivos nos encantan los extremos, los bandos, el sí o el no. Los grises y las medias tintas casi nunca nos sirven. Y si nos sirven, los tiramos a la basura como a un medio limón seco en el frigorífico.

A nadie se elogia más que a un muerto. Bien por compromiso, admiración o arrepentimiento. Se ve esto muy nítido en el terreno de los genios. Podría hablar de la incomodidad que producen los genios vivos en este país y lo que gustan los genios muertos, pero ese es un melón que no voy a abrir ahora.

Yo he venido a hablar de la fantasía que utilizan los vivos para recordar a los muertos. Y esta fantasía, a veces, deja unas anécdotas populares dignas de ser contadas. Aquí adjunto una tan verídica como un chiste de Paco Gandía. Lugar: Sevilla. Testigo: la madre que me parió. Protagonista: una mujer que llena con consumismos varios el vacío que le acaba de dejar su señora progenitora. (Acto extendidísimo en nuestra especie el llenar cualquier carencia con múltiples baratijas). Y como los jefes empresarios lo saben, a mi madre los suyos le llenaron la tienda con modelos nuevos de vestidos. La protagonista, que podría ser cualquiera, picó el anzuelo del empresario y le dio a mi madre motivos para ganarse el sueldo. Vamos, que entró en la tienda a mirar vestidos y se llevó dos. Cuando esta mujer, que podría ser cualquiera, pasaba la tarjeta por el datáfono, mi madre correcta y empática, con rasgos de psicóloga por la universidad de la calle, le preguntó a la protagonista por los achaques de la suya. “Mi madre murió”, dijo. Y la mía, sorprendida, puso gesto comprensivo al lamentar la pérdida. Pero la sorpresa vino segundos más tarde: “De hecho, aquí la llevo”, volvió a decir. Y abrió la bolsa de plástico. Los ojos de mi madre fueron como dos bocas de volcán. Por grandes, digo. Allí estaba la urna diminuta con el ya polvo de la difunta. Una urna que iba de compras con su hija y una hija que no contemplaba ninguna rareza en cargar con ella porque probablemente su madre le habría acompañado en multitud de ocasiones a elegir vestidos.

Como bien decía, yo he venido a hablar de la fantasía que utilizan los vivos para recordar a los muertos. Para juicios están jueces y fiscales. E incluso los curas de la Iglesia. Esa protagonista no es más que una ciudadana del mundo que le pide opinión al fantasma de su pérdida. Y le pregunta por vestidos en medio de un transcurrir callejero que supera con creces a cualquier ficción. Así somos los vivos. En mayor o menor grado. Fantásticos para recordar a nuestros muertos.




domingo, 25 de abril de 2021

Mi gabardina.

Cuando he querido darme cuenta, ya había guardado los abrigos y tenía puesta la gabardina: ha pasado abril. Nadie me lo robó. Lo exprimí. Ahora las siluetas de sus días se desvanecen y el futuro huele a mayo. He gastado mucho tiempo en soñar y esto me ha llevado a sentirme libre y real.

La gran mayoría de nuestros actos son inconscientes. Vamos muy deprisa. Hablamos, hablamos sin parar. “Buenos, días”, “ya voy”, “yo también”, “igualmente”, “te aviso cuando llegue”, “y, ¿Qué te dijo?”, “tengo hambre”, “voy a lavarme los dientes”, “mañana a las ocho”, “estoy bien”, “adiós”. Hablar es un acto más involuntario, que racional. Sin embargo, algunas palabras nos dan miedo. No las pronunciamos por terror a sus consecuencias. Y puede que sean hasta las más importantes, pero se pierden en las cavidades más hondas. Y perdidas se acomodan en la espalda, en el estómago o en la cabeza. Y perdidas se convierten en dolores. Y los dolores en peligro. Y hay mucho miedo para tan poco peligro.

De pequeña, me entretenían esos juegos míticos de plástico en los que una bolita diminuta y metálica divagaba por un laberinto. Los compraba en las tiendas de veinte duros, antes de que evolucionaran a chinos. Los sostenía con una mano. Que la bola llegara a la casilla final era más cuestión de azar, que de maña. Estaban mal hechos de fábrica para que el objetivo quedara más lejano. Por eso, generaban cierta adicción boba en el cerebro. Eran aptos para tercos.

La vida de abril se me ha parecido mucho a ese juego de mi infancia y me ha pulido tanto como la piedra que se convirtió en “David”. Hoy quería destacar ese laberinto. Sus vueltas. Porque mi bola ha entrado en un lugar no preestablecido, pero soñado. Mi abril no me ha llevado a Roma, pero sí a mi paz. La paz. El único elemento humano que, cuando lo sentimos, se vuelve innegociable. La paz no tiene distancia, ni tiempo, ni palabras perdidas. Tiene un ¨te quiero¨ de frente y a los ojos, que reúne todas las propiedades para mantenerla a su temperatura ideal. La paz es el terreno fértil donde cualquier cosecha quiere crecer.

Ahora que ha pasado abril, siento que nadie me lo robó. Lo exprimí con valentía y no he desperdiciado nada. Las marcas deambulan debajo de mi gabardina.




lunes, 29 de marzo de 2021

La Macarena: la mayor influencer.



Una aclaración: estas palabras no son de una católica apostólica romana. Son de una chica que venera, por encima de sí misma, las tradiciones andaluzas con las que creció y que tiene un ideal de Jesús como un ser de luz tan carismático y adelantado a su tiempo, que le hubiera encantado ser su amiga. La gente que hace por el pueblo y es del pueblo no debe morirse nunca, porque nos salva siempre. Dicho queda.

El mundo, tal y como lo conocemos, tiene divisiones: izquierda o derecha, blanco o negro, zurdo o diestro, Cádiz o Jerez, playa o montaña, Real Madrid o Barcelona, Sevilla o Betis, la Esperanza de Triana o la Macarena. El que niegue esta realidad, que no siga leyendo.

Ahora resurge una nueva corriente que palpo a mi alrededor en todos los ámbitos y que me encanta: las nuevas generaciones rescatan lo vintage. Lo antiguo. Lo que vivieron nuestros ancestros. Y lo dibujan en el lienzo del presente. Ropa, pintura, teatro, música, literatura, gastronomía… Y este hecho demuestra una verdad absoluta: todo está inventado. Alguien lo puso antes que nosotros y reconocerlo nos genera riqueza y un crecimiento intelectual brutal.

Como estamos en Semana Santa y soy sevillana, voy a traerme con términos actuales y modernos a un icono de mi tierra: la virgen de la Macarena, la mayor influencer.

La Macarena no es de Sevilla, es del mundo. Hasta mi tía en un viaje a Puerto Rico se encontró su imagen en la guantera de un taxista. Y ser del mundo es existir por encima de kilómetros, razas, fe, política e idiomas. La cara de esa virgen es universal. Hay réplicas repartidas por el globo terráqueo. Su basílica, dicen los estudios, que es el tercer lugar más visitado del planeta. No es invención propia, ni ombliguismo andaluz. Yo no conozco la gloria, pero juraría que se asemeja al ambiente que respiro cuando atravieso el arco amarillo entre vestigios árabes. Su barrio homónimo lleva en los genes la diversidad desde el principio de los tiempos. Hay sitio y amor para los vecinos de siempre, para el negro, el moro, el chino y el ausente. La calle san Luis es una tráquea multicultural de adoquines que conduce en línea recta al corazón lleno de Esperanza. Por eso la esperanza se llama Macarena y esperanza encuentra el que se emboba con su perfil.  

Igual que existe la moda de caballero, de señora, de niños o de trajes de flamenca, en el gremio de la Semana Santa, también se dan ciertos patrones a la hora de vestir a las imágenes que procesionan. Un Nazareno puede portar la túnica lisa o bordada. El manto de una virgen puede ser pintado o de terciopelo liso o bordado en oro o en plata. El encaje que rodea la cara (llámese pecherín) puede ser de un color uniforme y básico como el beige, o con pizcas de color. La Macarena es simbólica hasta para eso. Continuamente vemos en redes cómo la actriz de moda agota el último vestido de Zara. Y lo agota porque lo copiamos. La Macarena es esa actriz de moda en el ámbito de las vírgenes. No hay ni un solo vestidor o camarera que tenga el trabajo de vestir advocaciones marianas y que no le haya echado una mirada rápida a la Esperanza Macarena. Y si no se la ha echado, debería. Ella es el buen gusto donde nada sobra, ni falta. Es el canon. La elegancia. Si lo lleva puesto la Macarena, yo también, aunque no quede igual. Cualquier trozo de tela en sus hechuras es verdad absoluta e indiscutible. Su vestidor actual pasa completamente desapercibido. No presume porque no carece. Actúa sigiloso como un líder mundial auténtico, cuyo manejo del mundo no conoce ni Dios. Ese es el poder real. ¿En qué piensa ese hombre, de mirada baja y tímida cuando le coloca a la virgen las cinco mariquillas verdes que le regaló Joselito el Gallo? Nadie lo sabe. Pero esas mariquillas tienen nombre propio. Aunque las veas de pasada en el confín de la tierra, sabes que huelen a Esperanza. Porque son solo de Ella: la mayor influencer de Sevilla. 

¿Qué tendrá esa talla anónima que maravilla hasta al más ateo? ¿Será el brillo en los ojos? Que ni las estrellas que se bañan en las noches de verano en el Guadalquivir igualan su brillo. ¿Será su cara de mujer morena? Símbolo racial de Andalucía, la inspiración de Romero de Torres. ¿Será que ríe su pena? ¿O la llora y nos engaña a todos? ¿Será ese poderío que gasta al regalar cobijo tras un escalofrío repentino? ¿Qué será? Nadie descifra el misterio de seguidores de la matriarca de Sevilla.

Como bien decía antes, el mundo tiene divisiones, y aunque yo tenga un ancla marinera en la mesita de noche y parte de mi corazón en la orilla trianera, la razón no quita el conocimiento. Y al que se lo quite, sepa que no lleva la razón.

“Como Tú, ninguna”, recitó el poeta Antonio Rodríguez Buzón. “Pasa la luz, pasa Sevilla, pasa la madre de Dios”, le cantó Carlos Cano. “Con la Macarena comulgo”, escribió Manuel Machado. Marujita Díaz, Juanita Reina y tantos y tantas… Generaciones enteras. Lluvia de corazones rojos para Ella. Lluvia que aún hoy cae desde cualquier cielo sin disminuir la intensidad. “Me gusta”, “me gusta”, “me gusta”.

Y, ¿Qué tiene el rostro de la Macarena para movilizar tantas cabezas? Si hasta los más estudiados en Historia del Arte no hallan el enigma. No es cuestión de examen. Tampoco de fe. Entonces, ¿Qué será?

Yo creo que son sus manos. En ellas guarda el secreto y lo alza tan a la vista, que nadie lo ve. Sus manos se encienden por las noches como un par de luciérnagas y adquieren el color del sentimiento que todos andamos buscando. El único que guarda Pandora con recelo: el verde, verde esperanza. Al caer la noche, cuando la última pisada se pierde en el silencio de su basílica y su barrio duerme, Ella recarga sus manos y al día siguiente, como un hada madrina que levanta su varita y cumple deseos, ella salpica el polvo mágico de la esperanza sin dejarle espacio al vacío. Yo creo que es eso. La esperanza. El verde esperanza. La influencia de la esperanza. Y por eso la esperanza se llama Macarena.

domingo, 7 de marzo de 2021

“Se llamaba María Teresa López, la Chiquita Piconera”.


“Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena con los ojos de misterio y el alma llena de pena”, así nos lo recuerda la copla popular. El pintor de inconfundibles trazos oscuros, desde la plaza del Potro cordobesa, plasmó en su obra lo que se convertiría en simbología colectiva de belleza femenina. Una belleza de Andalucía para el mundo.

El cuadro “La Chiquita Piconera” con su copa de cisco, badila en mano y moño bajo de raya a un lado, aparecía en la España de 1965 hasta en sellos de correos.

 


Desde entonces, vinos, carteles, bares… La publicidad alzó la cara de esta mujer y de esa presencia latente, nació el icono que conservamos en la actualidad: la mujer morena. Pero, ¿quién era esa chiquita piconera misteriosa y dulce con el halo de nostalgia en su mirada? Hoy os hablo de la musa desconocida y silenciada con el paso de los años. Se llamaba María Teresa López y es el eje principal de estas palabras.


Nació en Buenos Aires en 1913. Sus padres cordobeses emigraron a Argentina buscando un sino con pan. El mismo sino que siete años más tarde, volvió a colocar a la familia en su Córdoba natal. Se hospedaron en casa de la abuela. Como todos los hogares de Andalucía por aquel entonces, los portones abiertos generaban una fluidez de amor y unión en el vecindario. A María Teresa la llevó por primera vez a casa del pintor su vecina de enfrente porque servía en la casa de los Romero de Torres. Y uso el término servir como sinónimo de acicalar los hogares, de fregar, cocinar, coser, planchar… Por todas las manos de mujeres que levantaron a la vieja Andalucía.

María Teresa acariciaba los ocho años cuando Julio quedó prendado de su belleza y a partir de los trece años la convirtió en su musa. La excelente amistad que compartía con sus padres agilizó los posados. Ella, quieta y responsable, obedecía órdenes del pintor. Jamás le propuso desnudarse. Nunca cruzó la línea profesional. A pesar del mal carácter que coloquialmente le atribuían a Romero de Torres, con ella no tuvo ni un mal gesto. Le pagaba tres pesetas, independientemente de las horas trabajadas. Pintó el rostro de María Teresa hasta la saciedad. Se volvió tan popular, que hasta “La Fuensanta” acabó grabada en billetes. Un mediodía en el que ella acudió a posar, se encontró de frente con la muerte del artista. Dejó sin terminar el cuadro en el que aparece vestida de monja y que hoy, como tantos otros, conserva con esmero el museo Julio Romero de Torres.

María Teresa fue modista, pero una modista que creció con el alma llena de pena y que tuvo que huir de Córdoba por las lapidaciones de sus vecinos con habladurías. Las coplas la apuñalaron por la espalda. De antemano sabemos, que la ignorancia ha destruido muchos caminos a lo largo de la historia. “Posar en esa pintura me amargó la vida, la convirtió en un infierno”, recogió Silvia Pisani en una de las pocas entrevistas que se conservan de ella en La Nación. Pobre mujer. Tanto dolor…

A María Teresa nadie le ha escrito sus memorias, porque los infiernos individuales se esconden. Destacar la figura del artista, poniendo en mute a su musa es una acción tremendamente normalizada. Una dictadura de catolicismo, hipocresía y falsa moral partió en pedazos los sueños de esta mujer, como el de tantas otras anónimas. “Malcasadas”, solteronas, prostitutas y mil adjetivos más que han cavado sus tumbas.

De su figura se ha nutrido el mundo entero, menos la protagonista. Ni un ingreso monetario recibió. Ella siempre se sintió abandonada. Y, ¿los derechos de imagen? ¿Dónde quedaron? 

En esta entrevista se le empañan los ojos y a mí también:


 

María Teresa López murió el 26 de mayo de 2003 y ninguna institución mostró sus condolencias. Estuvo casada dos años con un marido que dudó de su virginidad, hasta que la sangre quedó impregnada en las sábanas blancas. La dejó embarazada, enterró a su hija al poco tiempo de nacer y un desahucio la dejó sin hogar al final de su vida. No volvió a tener pareja. El último periodo lo pasó en la residencia San Sebastián de Palma del Río y sus restos descansan en el cementerio de El Carpio, aunque ella ya estaba enterrada mucho antes.

Poemas, coplas, cuentos y hasta recibos de lotería conservan a la chiquita piconera. Sirvan estas líneas para ponerles nombres a todas esas mujeres que permanecieron en la sombra y murieron con el alma llena de sufrimiento.

María Teresa, la traigo al presente para que conozcan su nombre, aunque no aparezca en los libros de Historia. Con su permiso, la tuteo. Ponerme tus zapatos me ha generado un sinfín de sentimientos con los que alzó mi voz por tus derechos, que son los míos y los de todas. Gracias por ser el reflejo en el que me identifico. Gracias por mostrarte como mujer andaluza por el mundo entero. En muchas ocasiones cuando me he peinado con moño bajo, me han dicho: “eres la andaluza de Julio Romero de Torres”. Y desde que te conozco, contesto: “Se llamaba María Teresa López, la Chiquita Piconera”.

Ojalá veas, desde algún paraíso de luz, que te venero con ilusión.


Feliz 8 de marzo, eterna mujer. Andalucía y el mundo te recuerdan. 




 

domingo, 28 de febrero de 2021

La Andalucía en la que creo.

 


La Andalucía en la que creo sabe que las estrellas no tienen novio y me mece los recuerdos de la infancia en un patio de Sevilla.

La Andalucía en la que creo se sienta en una silla de enea con abanico en mano y, en una mirada fija, me abre los brazos con la bondad infinita de las madres.

La Andalucía en la que creo me cuenta mi vida en un claroscuro de sol y luna. Le pone la otra mejilla a los que la apuñala con prejuicios, derrocha agallas en un taconeo a la sombra y hasta presta los clavos, por herencia de sus abuelos, a Jesús el Nazareno para subir al madero. Aunque no haya salvación.

La Andalucía en la que creo me lleva en su sangre como romana, mora, hasta vikinga… y yo a ella la llevo en mis ojos y en el acento de mis labios.

La Andalucía en la que creo desenreda nudos y me relee a sus emigrantes, exiliados y olvidados en cunetas que la amaron hasta el último suspiro.

La Andalucía en la que creo tiene pan para sus bocas y cárcel para sus rateros. Cada golondrina levanta su propio nido. Deja en símbolos rancios y lejanos a los señoritos de pistola en mano y sabe que ni la copla, ni el pasodoble pertenecen a ninguna dictadura.

Que esa Andalucía que me nace sea alegría y no agonía. Que distinga los murmullos desde un sardiné, siendo reaccionaria y libre por encima de la niebla del qué dirán. Que deje atrás los lutos de diez candados, las medias negras y la ignorancia que ha roto tantas historias de amor.

Sueño no verla beber el vino amargo del desempleo y compadreo. Sueño cultura, derechos humanos, limpieza en instituciones, educación y sanidad pública.

El único tono de verde que beso es el de la bandera porque simboliza la fuerza motriz de la esperanza. La misma que tuvo Federico García Lorca, Blas Infante, María Zambrano o Carlos Cano, hoy la tengo yo. Es mi ojo de la lupa. Me sostengo sobre sus cimientos y construyo mi vida sobre ellos.

Yo creo en esa Andalucía. En sus esquinas, en su belleza, en su gente trabajadora... Y desespero con los que creen en otra.


Feliz día de Andalucía a los que la llevan en la sangre, ya sea por nacimiento o enamoramiento.

 

            “Ser andaluz es la forma cultural que yo tengo de ser persona”- Carlos Cano.

sábado, 9 de enero de 2021

Primeras veces.

Son la una y dieciocho de la madrugada y como tengo la excitación de las primeras veces, no puedo dormir. Y como no puedo dormir, escribo.

Algunos piensan que solo son los niños los que tienen el poder de descubrir lo que ocurre en el mundo por primera vez y yo creo que en general los humanos nunca dejamos de ser “Colones” con América. Siempre se posa ante nuestros ojos algo que no hemos visto o hecho nunca. Creo que de no ser así, la vida sería aburridísima.

Hoy ha nevado en Madrid como no se recuerda en cincuenta años y como soy joven, evidentemente no lo había vivido antes. A mí la nieve nunca me gustó. Siempre la sentí incómoda, como esa arena de la playa que se te cuela dentro del bañador. Me sirve para estampas dignas de enmarcar y poco más. Hablando así parece que cuento con la experiencia de ser islandesa de nacimiento, pero no es el caso. Soy de la tierra del sol que calienta, por eso quizás me creo incompatible al frío de esos copos blancos que caen en una danza sin rumbo cubriéndolo todo.

De pequeña me imaginaba la nieve como esa harina que cubre los boquerones justo antes de flotar en el aceite hirviendo de la sartén. Y cuando fui adulta, la conocí en la sierra de Córdoba. Este hecho no lo destacaría en mi currículum. Me pasó sin pena ni gloria, sin méritos, como tantas cosas a las que no les presto atención.

Hoy he tenido que convivir con ella sin esperarlo, como la gran mayoría de madrileños. He visto a la gente motivadísima improvisando hasta trineos. Y yo he guardado las distancias como la Puerta de Alcalá con los coches. La he tocado para no parecer un bicho raro, la he subido a Instagram con un filtrito para que me resultara tan atractiva como a mis seguidores. Me he sorprendido al ver mi calle blanca y hasta he agradecido, después de despotricar en cada resbalón, vivir esta Filomena tan histórica en primera persona. Al fin y al cabo, he sentido una primera vez.

A este enero tan anómalo de un nuevo año que acaba de empezar invadido por tantas esperanzas, como el Capitolio por talibanes de Trump, yo quería ponerle la guinda y me acabo de comer un coco helado de los que compré para los días de Navidad y nunca llegué a abrir porque en mi casa somos más de pirriaque, que de postres. Hacía tanto tiempo que no saboreaba un coco de esos eternos en todas las memorias culinarias de las familias españolas, que lo he sentido como el primero de mi existencia. Como un manjar. Como si no fuera un viejo olvidado en el congelador.

Ahora que se me ha pasado la excitación de las primeras veces, me duermo con tres conclusiones: no sueño una casa en Baqueira, el coco no pasa de moda y las primeras veces están hasta el final, por eso la vida es lo que tú quieras, menos aburrida.




domingo, 27 de diciembre de 2020

Esperanza y expectativas.

La esperanza y las expectativas tienen un factor en común: cada uno las coloca donde quiere. Es respetable y lícito. Pero que hoy se hayan empezado a poner las primeras dosis de vacuna en España, no es señal de que el partido esté ganado. La ciencia (y Dios sabe cuantos intereses más) han metido un golazo antes del descanso, pero ahora nos tenemos que comer el bocadillo y ver la otra mitad.

Claro que hay que alegrarse. Para los que no tienen fundamentos suficientes y unas ganas locas de disputa, voy a darles uno muy gordo: la muerte de tantos abuelos en soledad. Para mi corazón y su entender, tiene esa causa más peso que el carro de la Cibeles. La generación más devastada y sacrificada nos vuelve a dar otra lección. Ellos han sido los primeros y ni una queja han mostrado, a pesar de tener motivos suficientes para derramar el bote. No están curados de este virus, pero sí lo están de espanto y sus positivos son en valores. Si hasta nos enseñaron a gritar por lo propio al defender las pensiones. Y como me remonte a la historia… ¡siempre han sabido pelear lo suyo! Porque vienen de sudar el pan y de encontrar mil alternativas. Lo único que podemos hacer nosotros es callarnos, porque el que calla, aprende. Y darles amor y la admiración más fiel. 

Como cada uno pone la esperanza y las expectativas donde quiere, yo las he puesto en Araceli, en toda su generación de mesías que se matan por salvarnos sin un reproche y también las pongo en el milagro que nos devuelva a esa normalidad compuesta de los lugares que añoramos.






domingo, 20 de diciembre de 2020

Mis años en Radio Sol.

Todo lo que viene a continuación, no es más que un desahogo de cariño y todas las vivencias que se recuerdan con cariño, tienden a la exageración. La exageración conlleva a poner signos de exclamación y ayer mi cabeza se los puso a una frase: ¡no puede cerrar Radio Sol para siempre!

Radio Sol es la cuna madrileña donde eché los dientes. Cuando nos nacen los dientes, gracias al filtro de la ingenuidad y la memoria humana selectiva, no recordamos pasados los años el dolor que produce el nacimiento de la nueva dentadura. Menos mal que no nos quedamos en ese dolor y avanzamos con la mejor parte: con la feliz. Si cierro los ojos, aún veo la americana negra que llevaba puesta cuando pisé la redacción por primera vez. Yo era una joven becaria recién salida de un máster de locución. Ahí aprendí que hay que tener mucho cuidado al pedir deseos. Porque puede que se cumplan y cuando esto ocurre, en el espacio del bolso, justo entre el móvil y la cartera, se te cuela el miedo. La incertidumbre de no saber si eres digna o si vas a dar el perfil. Porque te entra el pánico, te tiemblan las piernas, la voz y eres lo más similar a un cervatillo indefenso que sale del vientre de su madre.

Pero toqué todos los palos. Empecé en los boletines informativos de las mañanas. Está tan fresco en mi mente… La eterna espera hasta que me daban paso en antena, los pateos por Madrid sin mirar el reloj, las libretas que llenaba en ruedas de prensa, el típico boli que reventaba sin ton, pero liando mucho son. Al punto el micrófono perfectamente preparado para la acción, la grabadora y sus pilas, las novedades y eternidades musicales, los conciertos, las felicitaciones de cumpleaños. Las horas en mesa pasaban como suspiros de una novia enamorada. De las llamadas de los oyentes, aprendí que se pueden forjar amistades con desconocidos solo y a través de un hilo de voces envueltas en cariño. Entrevisté a una colección importante de admirados y nunca hubiera podido hacerlo sin la confianza de mi jefe. Un jefe con el que siempre, entre broma y broma, me he dicho las verdades a la cara y que al terminar mis prácticas quiso que siguiera formando parte de la plantilla. Y por añadir, aunque no haga falta: lloré mucho ese día.

A mí Radio Sol me cambió la visión del mundo. Todos mis compañeros hicieron por mí lo más valioso que una persona puede hacer por otra en esto de la vida: creer en ti. Nunca me sentí pequeña ante tanta profesionalidad veterana. Yo venía cegada por los brillos de la televisión, pero llegó la radio regalándome tablas, se convirtió en la niña de mis ojos y bajé del pedestal a la caja tonta.



Mi salida de Radio Sol fue totalmente voluntaria. La vida se trata de danzar y danzar entre diferentes etapas. Fue una decisión muy meditada que sopesé muchas noches con la almohada y que me llevó a un luto largo conmigo misma durante más tiempo del que puedo reconocer. Ahora ese luto, pero infinitamente más hondo, lo sufren en silencio mis compañeros y solo puedo mandarles mi abrazo con la misma sinceridad que escribo estas líneas. La puerta que se cierra es demasiado grande, pero os nacerán ventanas con micrófonos abiertos que aguardan vuestra llegada.

Esta pandemia no saca lo mejor de nosotros, ese cuento es mentira. Solo ensalza aquello que nunca dejamos de ser. A mí me ha ensalzado la ansiedad por reinventarme. Ser, al fin y al cabo, una superviviente más entre miles y miles de humanos. Pero sobre todo me ha ensalzado aquello que nunca dejé de echar de menos: mis años en Radio Sol, mis años siendo la andaluza de esa familia.






domingo, 6 de diciembre de 2020

Un recordatorio.

En medio de las prisas rutinarias en las que todo vale y en las que solo importa llegar a tiempo, encuentro paz al mirar el móvil y ver llamadas perdidas de los más mayores de mi familia. Una pantalla en la que se leen los nombres de octogenarios o nonagenarios que se preocupan por mí. Ellos nunca quieren molestar, ni interrumpir la agenda. Creo que me conocen por lo que les cuento, pero realmente lo hacen por lo que callo y con la imaginación dan forma al fondo. Vienen de vuelta. Cuando yo voy a por chicles, ellos vienen haciendo pompas. Da igual el día o el momento. A mí se me ilumina la cara si veo sus nombres. Me los imagino en una espera paciente hasta que les devuelvo la llamada. Y siempre lo hago, porque ninguna escuela me enseñó más que sus voces.

-Tita / abuela / tito…

-¡Ay, mi niña!

Así empiezan nuestras conversaciones. Me regalan un cariño tan limpio que nunca es moneda de cambio. Desde sus sillones frente a la televisión, dan sin esperar nada. Preguntan por todo. Se interesan hasta por lo que voy a comer. Si me he comprado ropa, si duermo bien, si me pagan como merezco, si paso frío o calor, si estoy más delgada e igual de guapa que siempre, si me protejo de los bandidos, si tengo algún ligue, si voy al cine, si llueve, si tengo cuidado, si… Y prosiguen cantando en voz al alta la tabla de sus achaques. Entre pastilla y pastilla que toman, siempre pillo un resquicio de silencio en el que les cambio la conversación y acabamos riéndonos hasta las tripas.

Desde muy niña me he sentado con los más mayores. Quizás por la tontería de querer ser mayor. Quizás por el amor que les profeso o quizás por enterarme de los pasados que no vi con mis ojos. La sabiduría no ocupa lugar y para debatir o criticar es necesaria si no queremos que las respuestas resulten vacías. Con ellos rebobino las cintas de la niñez en el campo, la juventud en aquellos cines de verano y la pronta madurez de un casamiento en el que se multiplicaban los hijos. También, sus primeros trabajos manuales en la fábrica de aceitunas o el pulso de cirujana de mi tía cogiendo puntos de media, (ambos oficios impensables hoy en día). Repasamos los lutos forzados, las sábanas blancas lavadas a mano, los bares de entonces, las calles de siempre carentes de luz eléctrica, los noviazgos en los que un suegro conocía al yerno el mismo día de la boda, las ropas zurcidas y heredadas de mano en mano, los escasos alimentos que se llevaban a la boca, los trucos de maquillaje y peinados, los hermanos que emigraron a Barcelona y aquel que mataron en la guerra por cantaor.

A través de sus miradas adivino el cambio al que se han sometido para llegar a hoy. Ellos disfrutan resumiendo las antologías de los pasos que dieron, mientras yo soy feliz escuchando las batallas que salen de sus memorias frescas y resistentes al paso inexorable de los años.

Todas las distancias son tozudas y crueles, pero gracias al milagro que suena y llevamos en el bolsillo, amago la tristeza esa de no saber cuándo volveré a abrazarlos.

Ojalá sigan siendo por muchos años los primeros que me felicitan por mi cumpleaños.

Esto no es más que un simple recordatorio para ti, que andas tan ocupado.




domingo, 29 de noviembre de 2020

Las mudanzas agotan.

El porcentaje de muertes tras hacer una mudanza es nulo. Sin embargo, ¿quién no ha creído alguna vez no sobrevivir a la suya? Las mudanzas agotan. Yo misma acabé una tarde en Urgencias porque no conseguía tirar de mi cuerpo. “Te ha dado una pájara de cansancio por estrés. Descansa”, me dijo un médico. Yo pensaba que las pájaras solo las sufrían los ciclistas o los que se divierten con el porrito y el estómago vacío. Y resulta que no. También dan cuando no cesa el ritmo de mover cajas. La vida nunca dejará de sorprenderme. Las mudanzas, tampoco.

Soy de memoria y visión corta, más o menos como un caballo atado a su coche. Por eso no encuentro los objetos que cambio de sitio. Esto hace que me lleve muchas alegrías en las mudanzas, porque resucitan del limbo las cosas perdidas. Y pego gritos como aquellos piratas de los cuentos cuando dan con el tesoro: “¡Ay, mi camisa blanca! ¡Ay, el pase de prensa de aquel día! ¡Ay, el dibujo que me hizo el fulanito! ¡Ay, el cinturón negro que me trajeron los Reyes y que me compré otro porque estaba en paradero desconocido! ¡Ay…! Nunca he sabido lo que he tenido hasta que no me he mudado.

Cuando por fin me instalo en el nuevo hogar, suena un canto de ángeles que rápidamente se interrumpe por la prisa en limpiar y ordenar. Porque, ¿quién no ha soñado con ser Matilda para colocarlo todo con la mente? De niña, me obsesionó tanto esa película, que durante un tiempo fui por la vida creyéndome ella. La secuencia en la que mira fijamente el jarrón lleno de agua, yo la recreé en mi casa, pero mantuve el secreto para no acabar desheredada por loca. Nunca obré tal proeza. Mi espalda de ochenta y cuatro años muestra las consecuencias de mis esfuerzos.

Cada vez que nos mudamos es por cambiar nuestra vida a mejor. La vida es cambio y el cambio es vida. Aunque creamos que todas las mudanzas son por elección propia, no es así. Las hay forzadas. Yo tengo unos vecinos escandalosos que en sus currículums ponen que estudian, pero realmente se dedican a montar fiestas. Y debaten muchísimo. El otro día a las tres de la mañana jugaban a las cartas y se contradecían con el último tema de Rosalía. No llegaban a la conclusión si ese era más bueno que los anteriores. Como la policía pasa de interrumpir sus movidas, pego golpes en la pared que me hacen sentir vieja viejísima. Un día lo paso, pero al que hace cinco hasta al mismo san Francisco de Asís le despiertan instintos asesinos.

Mis vecinos me han dado dolores de cabeza desde que estamos en pandemia, pero desde ayer me dan pena. Cuando vi sus bártulos en el descansillo y en el portal supe que se mudaban. No pude alegrarme porque me subió un escalofrío por la aorta. No son malos chicos, solo estrenan el ruido propio de los dieciocho años. No tenían pinta de querer marcharse. Lo mismo no podían seguir pagando el alquiler y vuelven a sus orígenes con sus familias… Yo ya he despedido a varios amigos por esta causa. Y me entristecí. Sentí miedo como en esas películas en las que el asesino persigue al protagonista con el cuchillo levantado. Porque sé que las mudanzas agotan, pero las de volver al nido por imposición de las circunstancias son escalofriantes.




martes, 17 de noviembre de 2020

Por amor al arte.

Nos presentaron. En el primer comentario que soltó por la boca supe que íbamos a ser buenas amigas. Odiaba la lluvia tanto como yo porque se le encrespaba el pelo. Se sentó en la silla que quedaba libre, de un buche vació el culo de su cerveza y pidió otra para acompañarnos. Mi amigo la notó diferente. “Estás cambiada, Marisa”, le dijo. “Pero estás guapa”. Ella esbozó una media sonrisa. “Bueno después de la muerte de mi padre he conseguido salir todo lo guapa que he podido”. Yo hice una mueca que empezó como un medio intento de empatía y terminó en un lo siento. Tenía una ironía arrolladora y eso le dio todos los puntos para ganarme. “¿A qué te dedicas?”, le pregunté por desviar la conversación. Mi amigo, que también era suyo, sabía perfectamente que pintaba y vendía sus propias láminas, pero yo no. “Pinto, pero ahora no vendo. Estoy buscando curro de lo que sea”. Marisa comía del arte, pero el arte ahora se come sus ahorros. “Subo las láminas a Instagram y la gente las comparte. Las vendo gratis, ¿qué haríais vosotros? Nunca sabes quién te ve”. Para mi amigo esta fue una pregunta retórica, pero yo le contesté: “Yo haría lo mismo que tú, de hecho, lo hago. No cojo un pincel, pero escribo y publico”. Ella sacó el móvil para empezar a seguirme. “Me encanta el nombre de tu blog. Lo leeré cuando esté tranquila”. Justo cuando iba a pronunciar un gracias, me interrumpió el camarero: “Chicos, cerramos en veinte minutos. Lo siento”. “No, no lo sientas. No tienes la culpa. Mañana vendremos más temprano para empezar a beber antes”, le respondió Marisa. Reímos. Nos pusimos los abrigos y mi amigo se adelantó a la barra para pagar la cuenta. Salimos del garito de Malasaña dando las buenas noches y llegamos a una Gran Vía donde hasta el letrero de la Schweppes yacía apagado. Nos escuchábamos los pasos y la media noche ni todavía había aparecido.

“¿Qué vas a hacer mañana?, pregunté a Marisa. “Pues terminaré de sacar cajas y colocar mis cosas de la mudanza. Lo único bueno de no seguir pagando mi estudio es que ahora no estoy sola en casa y mis compañeras de piso parecen majas. Y luego iré a hacer la compra y cuando me harte de mandar currículums en vano para puestos de trabajo en los que no me veo, pues me sentaré tranquila a relajarme y pintaré para seguir generando contenido en redes, ¿y tú?”.

Caminábamos como un mochuelo que vuelve al olivo. Una Cibeles sentada en su carro de piedra se divisaba a lo lejos. “Pues yo saldré a correr por la mañana y luego no sé, no me gusta planear. Así que lo que vaya surgiendo”. Y me cerré el abrigo porque los malos aires se cuelan en los despistes.

Nos despedimos en el banco de España. No nos lo dijimos en alto. No nos atrevimos, pero esa noche cada uno de nosotros el banco en el que vio sentadas sus ilusiones no fue en el de España, sino en el más feo y abandonado de un parque sin árboles.

No te habrás dado cuenta, pero Marisa es un personaje inventado. Esta escena la viví muchas veces, pero no nos echaron del bar, la Gran Vía respiraba tumulto, del letrero de la Schweppes brotaban colores brillosos y la Cibeles salió a nuestro encuentro a pesar de la quietud de su piedra. Sirvan estas líneas para todas las Marisas y Marisos que vivían de un amor al arte que generaba ingresos. Para que todos los cambios les inciten a seguir creando. Para que todas sus pérdidas se transformen en proezas de futuro.




martes, 10 de noviembre de 2020

Un señor.

Ayer vi a un señor en la iglesia. Yo no voy misa, pero las iglesias me cautivan tanto como los cementerios. Tienen algo especial. Misterio, silencio… Son lugares de paz y la paz es un factor relevante en el ser humano. Ya lo sabíamos antes de llegar a esta situación, solo que ahora nos hemos dado cuenta de que a la luz nos salieron las carencias para mantenerla. No por nosotros en sí, que también, sino por el sistema social y organizado tan bien montado que nos hace perderla. Y podemos extraviar las llaves, los mecheros, los bolígrafos… pero no la paz mental. Recuperarla es una labor tediosa.

Durante el pasado confinamiento, amigos y conocidos me decían que se aburrían en sus casas. Desde luego que en los huertos no nos cultivamos las resiliencias. Y yo alucinaba. Nunca me aburrí. Tenía libros y películas. Me monté la trinchera. Una realidad paralela al mundo. Eso me salvó y me sentí igual que un perro verde.

Recuerdo, no hace tanto tiempo, una tarde en la que yo estaba muy agobiada. Muy, pero de muy mucho. Ni podía hablar y para yo no poder hacerlo… Los planes se me torcieron. No quería dar explicaciones a nadie. Me saturaba el móvil. En fin, lo que se entiende por no aguantarse ni uno mismo en el propio cuerpo. Yo estaba en la calle como Jesús subiendo al Calvario. Empezó a llover y justo enfrente había una iglesia. Estaba abierta, así que entré. No había nadie. Vacía como la tumba de Lázaro. La misa había terminado. Los techos eran una preciosidad. Me senté en un banco casual y empecé en silencio a lamentarme de mi mala suerte. En bucle. Tu tu tu tu… Al levantar la vista, a mi izquierda vi una imagen de san Antonio de Padua inmensa con su niño en los brazos. La miré y empecé a contarle mis movidas. No sé muy bien porqué, pero me desahogué. El pobre me miraba con la risa congelada. Hubiera salido corriendo, si hubiera podido. Seguro. Después de casi una hora, un cura a lo lejos me dijo que en cinco minutos echaría el cerrojo. Vamos, que me fuera. Me levanté, me despedí de san Antonio y salí de la iglesia como si me hubieran quitado veinte kilos de encima. Me renovó el soliloquio.

A la semana siguiente, volví a pasar por delante y la iglesia también estaba abierta. Mi cabeza pensó: “ve a saludar a san Antonio”. Entré, pero ni me senté. Le conté cuatros cosas más y marché.

En tal guisa, pasaron las semanas y continué visitando a mi amigo. Ya era mi amigo. Su mirada me transmitía mucha paz y el niño gordito que portaba en sus brazos, más. Tenían cara de buenas personas. Y claro, por algo son santos. San Antonio concretamente de las causas perdidas, así que comprendo la bondad de sus ojos ahora perfectamente.

Este artículo no es en referencia a la fe, ni a la religión. Podría adentrarme en un debate de libro, pero no. Mi infancia transcurrió en un colegio de monjas que me ha hecho ser lo que soy. Punto y final. Las vivencias a todos nos llevan al presente y mi raíz está en Sevilla. Yo paso a darle las gracias al Gran Poder cada vez que me encuentro allí y a la virgen de la Piedad cuando voy a mi pueblo. El amor a las imágenes es tradición y la tradición va unida al amor. Yo eché los dientes en ese amor. En las caras de las imágenes me circulan todas las vivencias pasadas que guardo en mi mente con recelo. Por esto también se nos tacha mucho a los andaluces fuera de nuestras fronteras. Este comportamiento se entiende como una gráfica innegable de la alabanza al becerro de oro que bien escrita está en la Biblia. Yo no comulgo con una institución, pero sí lo hago con mis raíces. Pero no nos entienden. Nos ponen en duda ante nuestra exageración e incluso causamos risa o burla. Repito: no nos entienden. Yo pensaba que no era tan difícil hacerlo, hasta ayer, que ni yo me entendí visitando a mi amigo san Antonio, huyendo descabelladamente de los horarios de misa y de las hostias consagradas para sentirme en paz.

Ayer vi a un señor en la iglesia. Justo cuando yo salía, él se posicionaba delante de la imagen del santo de Padua. Y mientras me lavaba las manos con el gel hidroalcohólico, lo miraba y pensaba: él tampoco viene a misa, pero le cuenta su vida. Otro hombre tan complejo como yo. Otra causa perdida.

Y salí pacífica y sonriente al mundo, hasta que Dios quiera o san Antonio me escuche. Amén.



 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Siete de noviembre.

Es importante llevarnos a nuestro terreno todo. Absolutamente todo. Porque solo así le damos nuestro ADN. Esto lo aprendí en mi casa desde muy niña, por eso voy a contarte algo.

Hay catorce Florencios distintos en el santoral y mi abuelo decidió que el suyo era el del día siete de noviembre. O sea, el de hoy. Hoy se celebra san Florencio de Escocia, obispo de Estrasburgo. A mi abuelo le hubiera dado igual que fuera de Bollullos de la Mitación o de Hospitalet de Llobregat. A él lo que realmente le sonaba bien era el siete porque siempre fue su número favorito y decidió celebrarse en él.

Tras esta decisión firme, como comprenderás, para mí este siete siempre fue fiesta, aunque tuviera colegio. Yo no soy mucho de hacer regalos, por eso cada vez que los hago son de corazón. Con los de mi abuelo me comía los sesos cada año por ser original y siempre le sorprendía mi ingenio. Una alfombrilla para el ratón de su ordenador con nuestra foto, una taza personalizada, una caja del chino pintada y forrada con nuestras caras, entradas de conciertos, cartas escritas a mano, libros… hasta un año que le regale una maquinita que trituraba papel porque le dolían las manos cuando hacía limpieza de facturas. A mí me gustaba ver el brillo que le salía por los ojos y el leve movimiento que hacía su barriguita cuando reía.

Si el siete de noviembre coincidía entre semana, él esperaba al sábado o al domingo para reunir a la familia e invitarnos a comer. Siempre fue buen anfitrión. Siempre nos dio lo mejor. Por eso nos dejó a todos el siete como suerte. Y desde que ya no está, como señal de que vamos a tenerla. Por su culpa, si veo un siete en un cupón tengo que comprarlo, aunque yo tenga otro número favorito y aunque no tenga pensamientos de invertir dinero en el juego.

Lola Flores les decía a sus hijos: “cuando os incordie una mosca y yo ya no esté, no la matéis, que seré yo”. Y sus hijas, a día de hoy, se limitan a espantarlas pensando en la sentencia de su madre. En mi casa es igual con el siete. Porque mi abuelo se lo llevó a su terreno, lo hizo suyo, su terreno es bendito y, ¿quién es el valiente que no compra el siete? Tú sabrás y en tu conciencia va.

Hoy es san Florencio y miro al cielo. La fiesta está montada, pero es interna. Porque si me pongo a llorar sé que es por el egoísmo que nos nace a todos al echar de menos. De nada sirve decir que le regalaría los dos brazos al mismo diablo por volver a abrazarlo y que me bañaría en lava ardiente por escuchar su voz. Pero sí me sirve llevarme la pena a mi terreno para transformarla en alegría y darle mi ADN. Y así mantenerle el sello propio al amor inconmesurable que siento por mi abuelo, por mi siete.


Feliz día, mi amor. Desde que te crecieron alas, intento buscar similitudes entre tu cielo y mi suelo. Y cuando las encajo, me crecen a mí. Dondequiera que estés. Voy a celebrarte y tengo tu regalo. Hoy te he traído a mi terreno, al blog. Bien me lo enseñaste.



 

martes, 3 de noviembre de 2020

Es mejor que nos pase.

Llegó noviembre, ese mes que pasa desapercibido ante la prisa que llevamos todos para despedir el año. Noviembre sabe vivir perpetuo a la sombra de unas navidades que cada año le roban el protagonismo. Y ese noviembre llegó ofreciendo un puente inhóspito que la gran mayoría de nosotros no ha podido cruzar. El descanso y el estiramiento de piernas ha sido casero. Ahora sabemos qué sienten los animales en el zoo. Como el tigre albino hemos mirado cada tarde la caída del sol tras los cristales. 

Llegó noviembre y no trae la fórmula de nada. Sus días vienen con precinto puesto. Podemos seguir regodeándonos en malas noticias o seguir haciendo malabares para llegar en línea recta a besar al santo que algún día besaremos, digo yo. Porque el tiempo pasa y lo hace para todos.

El otro día me llevé un disgusto terrible: quince años cumplió la princesa Leonor. QUINCE. Yo no soy monárquica, pero tampoco hacía falta que la Corona me hiciera sentir tan vieja. Si la vimos nacer ayer... Con lo mona que es la chiquilla y a mí me taladró su quince. No busquéis el porqué. A veces digerimos con facilidad los datos más complejos y los más simples son frenazos en seco que nos dejan unas secuelas dantescas. Por ejemplo: si hablo del Grand Prix con su Ramón García yo no me siento portando más años que un bosque. Recuerdo con cariño la tele de anchura mesa de camilla cuatro por cuatro que mi abuela sacaba al patio. La empujaba en una mesita de ruedas. Eran noches frescas de verano que ya no volverán como las golondrinas de Bécquer, donde en cada caída o resbalón de los participantes una risa inocente y contagiosa de niña vagaba a sus anchas. El patio estaba repleto de macetas y de sus paredes colgaban platos de cerámica y una jaula con un canario que se llamaba Arturo. Corría una brisa tenue que refrescaba el mármol del suelo y alrededor de una mesa blanca de hierro, mi familia se sentaba en sillas o mecedoras para cenar. En esas noches al fresco se quedó lo mejor de mi vida: los besos y achuchones que me daba mi abuelo. Pero memorar al Grand Prix no me hace sentir el paso de los años, que conste. Lo hace algo tan insignificante como la edad de la futura reina de nuestro país.

Llegó noviembre y cuando se vaya del todo, no quiero sentir que no lo he vivido. Yo quiero vivirlo todo, aunque sea desde mi hogar. El contador sigue su curso y los días en conjunto siempre tienen algo nuevo, aunque solo varíe el sabor del yogur que comas. Este presente algún día lo contaremos cuando nos pregunten y depende de nosotros el cómo contestemos. Debemos vivir para generarnos recuerdos, porque si no lo hacemos, ¿para qué pasa el tiempo? Es mejor que nos pase. 





viernes, 30 de octubre de 2020

La risa como símbolo de libertad.

Son casi las doce de la noche y hablo con una amiga íntima que no lo está pasando bien. Y abro paréntesis porque para pasarlo mal hay otros motivos de peso que no son Covid y cierro paréntesis. Justifico su pena, como todo aquel que ha tenido que cerrar ciclo con una persona que ama, ya sea pareja, amigo, vecino o primo. El que esté libre de retener a alguien, a sabiendas de su toxicidad, que tire la primera piedra. 

Mi amiga llora los desplantes que le hace una de las suyas. Pero con un llanto sordo, seco, sin hacer ruido. Como una madre que se tapa la boca para no alarmar a sus hijos. Y, ¿quién soy yo para decirle que no sufra? Si a mí también se me enfriaron amistades de toda la vida que ahora solo saben mi nombre y creen que me conocen por las simples publicaciones de Instagram. 

A mi amiga le doy los consejos que guardo porque me sirvieron. El rey de los eficaces y muy recomendado por psicólogos es el de la carta. Folios, bolígrafo y recreación en el papel a tiempo real de toda la mierda enquistada. Al terminar El Quijote, lo quemas. Y como el fuego limpia y purifica en todas las culturas, en la nuestra también. No es cuestión de que lo creas o no, es mera vivencia propia. Yo desde que quemo papeles me va muy bien. La P de Perea etimológicamente viene de pirómana. Y habrá quién también se lo crea. 

 

Intercambiar problemas se nos da bien a todos. Sabemos solucionar los de los demás, antes que los propios. La paja en el ojo ajeno nunca se hace grande. Yo quiero a mi amiga con todas las almas que me caben en el cuerpo. Me subo la pestaña para que ría y le mato los dragones. Ella no sabe que me acabo de tomar dos valerianas para dormir porque yo soy el sonajero de mi círculo y le pongo la tilde a alegría. Desconoce que me supera este corte de rutina en el que me invento una realidad paralela para seguir pintando con colores. Para no volverme más loca que el mundo. 

Es importante mantenernos con las piernas rectas y también reconocer que, a veces, se nos doblan. Por eso debemos agarrarnos a los hombros de los que ponen las manos en nuestros fuegos. Ahora más que nunca. Y debemos gritar, patalear... Antes de que las preocupaciones engendren bola en la garganta y asfixien. Aquello que se estanca, se pudre y no siempre es fácil limpiar de raíz lo podrido.

Querer soltar sentimientos inservibles forma parte de la madurez y del amor propio. Nos encanta bañarnos en un mismo río. Y cuesta asimilar que el río, léase como vida, es uno, pero sigue su curso cambiando constantemente de agua. En el cambio está el aprendizaje. 

 

Este presente lo entiendo como una balanza con sus altos y bajos. La pena no puede tener ningún empuje que lleve a la victoria. Normalicemos los sentimientos. No disimulemos las penas con Photoshop. A todos nos cortaron los planes. A todos nos llueven las nubes. A todos nos decepcionaron. Todos echamos de menos la vida que planeamos. Seamos bálsamo que cicatriza. Hoy en Madrid no ha salido el sol, pero yo me lo he dibujado como tantos días. Y por eso se lo ofrezco a mi amiga. Mantengamos la risa como símbolo de libertad.

 

“Tu risa me hace libre,/ me pone alas. /Soledades me quita, /cárcel me arranca”, escribió el poeta del pueblo Miguel Hernández. Y cierro hoy este artículo con él, a 110 años de su nacimiento. 




lunes, 26 de octubre de 2020

Lo que nos ha cambiado el cuento.

Lo que nos ha cambiado el cuento. Un toque de queda lo rompió. Ya no volvemos a las doce de la noche con el zapato de cristal y nos cae multa por montar la fiesta en casa a lo Blancanieves con los enanos. Atrás quedaron los bailoteos. Ya los padres duermen tranquilos porque no tienen a ningún hijo perdido en mitad del océano. Hasta los gatos se quedan tocando el piano en los domicilios de sus amos. Todos quieren ser un gato Jazz.

Lo que nos ha cambiado el cuento. Ya no hay noches de amor entre dos leones y el cielo no trae paz. Pocahontas no conoce a John Smith porque necesita un motivo de peso para viajar. El paseo de la alfombra voladora va a tener que esperar a que el mundo se vuelva más ideal. Somos como los buitres preguntando a Mowgli: “¿Qué vamos a hacer?” y “¿Qué quieres hacer tú?”. Más alto queríamos subir y esto nos hace sufrir.

Lo que nos ha cambiado el cuento. En los mil colores del viento que no vemos, nos nace al unísono un “¿Falta mucho?”, como ese asno que ansia llegar al reino de “Muy muy lejano” donde ahora queda nuestra añorada normalidad. Ya hasta los monstruos están perdiendo el negocio. Ni nos asustamos con ellos. Cruella de Vil ya no es un espanto y Maléfica nos parece más bella que el manojo de princesas.

Lo que nos ha cambiado el cuento. Seguid el ejemplo de Bella: refugiada en libros y lidiando con su propia Bestia. Pero tened cuidado con el síndrome de Estocolmo, también mata. Hasta el espejo se cansa de vernos en chándal y no nos dice que somos los más guapos del reino ni por cumplir. La Sirenita ya no quiere las dos piernas, si total, para no salir del agua… Y no pierde la voz, solo los nervios.

Lo que nos ha cambiado el cuento. Yo le he pedido a los Reyes Magos la motivación de Mulán y que la imaginación siga llevándonos al País de Nunca Jamás. Estamos enredados como la melena de Rapunzel. Tenemos las casitas llenas de chocolate y las intenciones de la Bella durmiente: mejor dormir para olvidar. El cambio de hora ha convertido los hogares en el inframundo de Hades. Hércules está desganado y no va a sacar ni el traje para Nochevieja. Sabe que las gambas las va a pelar con la Ohana, que significa familia, a través de pantallas y en la última campanada va a soltar el año como Frozen.

Lo que nos ha cambiado el cuento. Un toque de queda nos lo rompió de tanto usarlo. Una mañana gris al abrazarnos sentimos un crujido frío y seco. Cerramos nuestros ojos y pensamos: se nos rompió el cuento de tanto usarlo, como predijo La más grande.

 ¿O era el amor? ¡Qué más dará!




viernes, 23 de octubre de 2020

La red micelar.

Todos tenemos en la familia a alguien con quien nos replanteamos el mundo en cada conversación. No importa que sea cara a cara o por teléfono. En la mía tenemos un gen en común con una característica: charlatán hasta por los codos. Hablamos mucho, tanto que no sabemos despedirnos. Desesperamos al resto de la especie humana en muchas ocasiones. Pero eso a nosotros nos da igual. Por eso sigue siendo el gen ganador.

Ayer me llamó mi prima. Quince minutos nos faltó para rozar las dos horas de conferencia sin exageraciones. Forma parte de nuestra normalidad. No de la nueva, sino de la de toda la vida. Después de preguntarnos por los básicos de la salud, el trabajo y el día a día, llegamos al dinero y como mi prima también fue dibujada por Quino, en menos de dos segundos nos montamos una reflexión potente de carácter social. “Prima nos vamos a ir vivir al campo y plantaremos un huerto. Como sigamos así, volveremos a nuestros principios y comida no nos faltará”, me decía. Y reíamos.

Porque lo importante es el dinero. Da igual cuando leas esto. Estamos perdiendo el norte. Nos estamos deshumanizando. El éxito social está distorsionado porque va unido a nuestros caracteres y nos hemos construido en base de una mentira: la felicidad. La felicidad es una falacia como concepto y su búsqueda continua nos destruye.

Porque lo importante es el éxito. También da igual cuando leas esto. ¿Qué es el éxito? ¿Cubrir expectativas? Pero ten cuidado: que sean las tuyas, no las que te proyectan los demás. No podemos sentirnos frustrados por una expectativa que no se cumple, porque, ¿Y si nunca fue nuestra? Estamos programados para complicarnos. Desde tiempos remotos se ha tergiversado la felicidad. Sin ir más lejos, mi abuela siempre me ha dicho que buscara un buen trabajo de altos ingresos, porque si lo tengo, ya podré gozar de una calidad de vida espectacular. Mi abuela viene de una generación emigrante, en la que primero estaba el dinero. Daba igual levantarse día a día en una Alemania para ganarse el pan en labores contrarias al disfrute. Daba igual que no se viera a la familia. Daban igual los llantos en silencio. Lo importante era el dinero. Y con ese pensamiento hemos llegado a nuestro redondo 2020.

Este sistema capitalista, donde el dinero tiene tanta importancia y en el que pocos ven la mera moneda de cambios que es, menos son los que se plantean el hecho de que no sólo venimos al planeta a trabajar. Porque el trabajo, si te apasiona, puede ser un placer. Pero ojo, estamos buscando la felicidad en un papel. Pero claro, ¿quién puede vivir sin ese papel? Si no tenemos otro modelo de mundo. El dinero es la felicidad y gastamos la vida en pelear para conseguirlo. Nos colgamos el cartelito de “No a la guerra” y de la guerra no nos desprendemos nunca. La llevamos encima.

Ser humanos es tener muchas emociones y la felicidad es un opio. Es algo tan básico que nos asusta y como nos han vendido el concepto de inmutable, nos hemos complicado y salen de las piedras profesiones de autoayuda para buscar el qué. ¿Qué te hace feliz a ti? Pues pagas para saberlo. Yo también.

Se ha desvirtuado la felicidad y el resto de las emociones gracias a las redes. Vemos al vecino feliz, o al que fue un íntimo y “¡Ay que ver lo que le ha cambiado la vida, con lo tonto que era cuando estudiaba conmigo!” y nos lo creemos. Pensamos que la gente es feliz porque tiene dinero y vive sin problemas. Pero la felicidad es una emoción y no tiene ni más, ni menos peso que el que queramos darle. La felicidad se convierte siempre en recuerdos, porque son momentos. Solo momentos.

Hemos perdido el éxito humano porque trabajamos muy lejos de las auténticas raíces humanas. Soñamos con dejar un patrimonio, pero ningún aprendizaje.

¿Quién no busca seguridad en tiempo de crisis? La seguridad es paz y desgraciadamente nos hemos creído que esa paz lo único que nos la da es el dinero. No estamos pegados a la tierra. Nos estamos perdiendo nosotros y, a su vez, los valores. La violencia se expande de forma desmesurada. Hasta en la cola del supermercado la gente discute. Este nivel no es aceptable, no es nuestro. Quiero pensar que no es humano.

Pero, ¿acaso nos enseñan a mantener nuestra esencia? No hay educación emocional en los colegios. No interesa. Hay buenos profesores, pero el temario está obsoleto. Las raíces cuadradas se imponen ante cualquier estado emocional. Si hasta se iban a cargar la Filosofía… Enseñar a pensar no es válido. No interesa que la gente se conozca. Distraer al rebaño con minucias, eso sí.

Somos sobresalientes en cainismo. Lo individual está por encima de la unión. Competir es una de las premisas, pero olvidamos que solo se compite con uno mismo y no machacando al de enfrente. Pero es que también nos han vendido que las separaciones funcionan. Da igual que pierdas el origen, la cuestión es destacar. Y el trasfondo es muy negro. La gente quiere verte bien, pero nunca mejor que ellos. Menos mal que en mi familia aún compartimos el gen de charlar con el que intercambiamos recursos, como la red micelar oculta de los árboles y plantas que imita a Internet, que nos une a través de un debate y nos lleva a querernos.




 

lunes, 19 de octubre de 2020

La ansiedad, un tabú gastado.

Qué poco hablamos de los temas que más nos importan. Pensamos de antemano que no nos escucharán. Si total, ¿Para qué? Eso es ansiedad. Ansiedad, ¡Qué palabra tan recurrente! ¡Qué ibuprofeno para cualquier dolencia! ¡Qué cinturón con tantos agujeros! Ella aparece cuando el alquiler no se paga solo, cuando te quita el sueño unas oposiciones, cuando el trabajo no te deja tiempo ni para comer, cuando te matan con una noticia fea… En resumidas cuentas: aparece cuando la vida regala baches que nos ponen a prueba y que se llaman obstáculos.

Ahora me voy a dirigir al lenguaje coloquial del pueblo llano: Si te duele la cabeza es por ansiedad. Si te tiembla el párpado es por ansiedad. Si te olvidas las llaves de tu casa en otro bolso o te pones la camiseta del revés, no es por despiste, es por ansiedad. Si tu metro tarda es ansiedad. Si te olvidaste de un cumpleaños es ansiedad. Si estás estreñido es ansiedad. Si se te cae el pelo, no hay motivo más rápido, ni más consistente que la ansiedad. Si no te toca el cupón del viernes es por ansiedad y si el sol se va cinco minutos antes de lo previsto también es ansiedad. El mundo es ansiedad y la ansiedad es un tabú gastado.

Yo recuerdo que no hace mucho hacíamos uso de otras palabras. Nuestros dramas tenían otros motivos y sacábamos otras conclusiones más ricas. Cuando el alquiler no se pagaba solo decíamos que era por no tener trabajo. Cuando te quitaba el sueño unas oposiciones era por la responsabilidad tan grande que supone tal hazaña. Cuando el trabajo no dejaba tiempo ni para comer era por un día ajetreado. Cuando te mataban por una noticia fea, era por la incredulidad que generan las desgracias. Y cuando la vida te ponía a prueba te levantabas o te hundías, pero nadie te decía que era ansiedad. Antes había otro tipo de contestaciones, otros remedios y otros porqués. Ahora hasta hay médicos que antes de que les cuentes tu mal, te frenan en seco con un “es ansiedad” y piensas “¿Para eso ha estudiado una carrera?”. Yo admiro con fervor el trabajo de los sanitarios, pero esto último no me lo estoy inventando. Calmaos.

La ansiedad repetida no solo es un trastorno, sino que también puede convertirse en un rasgo de personalidad a la larga. Es la bandera roja que se iza cuando la mente y el cuerpo huelen el peligro. Es un sentimiento normal con sus escalas, sus tratamientos y sus matices. Es muy seria. Afecta a un número ingente de la población en al algún momento de la vida. Ahora en circunstancias presentes cada vez más.

Y si es tan seria, ¿Por qué la utilizamos como parche en cualquier conversación? Dejémosla a un lado, respetemos el término y hablemos de lo que de verdad nos importa. Lo mismo no es ansiedad y son nervios. Hacedme el favor.




jueves, 15 de octubre de 2020

A palabras necias.

 

Este artículo se podría haber publicado en cualquier 28 de febrero de la historia de la humanidad. Y es que a Andalucía siempre hay que defenderla de lo mismo: de los prejuicios y del insulto fácil. Nunca entenderé esa quina hacia el pueblo andaluz.

Desde la explosión del Big Bang, los andaluces lidiamos con esos compañeros tóxicos que critican el trabajo, la ropa y el pelo de otros, sin mirarse ellos antes el ombligo propio. Claro está. Una de esas compañeras es Díaz Ayuso, que escupe antes de ponerse a fregar un Madrid por el que encima le pagamos. Ayer la buena señora dijo que en Andalucía solo vivimos de subvenciones. Y es lógico, porque siempre estamos durmiendo la siesta y habrá que comer, señora.

Blas Infante decía que la cultura primitiva andaluza fue directora del mundo y tenemos un sol que es demarcación natural de la tierra. De Andalucía salieron emigrantes y mano de obra. Nuestras generaciones pasadas desgraciadamente no supieron tanto por los criterios estudiados, sino por lo que vivieron en sus carnes. Ellos creyeron durante años que no podrían aspirar a otra cosa que no fuera ser peón de albañil. Los mejores poetas, los mejores músicos, los mejores pintores siento decirle que son andaluces. Nos construimos a nosotros mismos. Y todos los que llevamos la blanca y verde con amor y libertad de estado, los que ya somos nuevas generaciones preparadas, tenemos en común las herramientas necesarias para saber defendernos de los estigmas, que gente como usted, sigue poniéndonos. Porque Andalucía se siente y se lleva dentro y se alza en cualquier parte del mundo. No conozco a un andaluz que no presuma de tierra, ni de raíces. Aunque resida en Japón.

La principal crisis que tenemos los andaluces es la humana, porque la forman personas como usted que en vacaciones se bañan en nuestras playas y el resto del año se mofan hasta de nuestros acentos. Porque la gente como usted no sabe construir una sociedad mejor, aunque le paguen por ello. En Andalucía no somos nacionalistas, somos humanos, tan humanos que hasta nuestro himno pide paz y esperanza, fíjese usted.

Pero que la riqueza de Andalucía se ha creado sola. Los 50 grados a la sombra en agosto son nuestra excusa perfecta, señora. Los campos, los olivos, las campiñas, los pueblos blancos, las fábricas que nos quitaron los capitalistas a los que usted defiende… Todo lo sacamos de una chistera mientras nuestros abuelos deambulaban en la fase REM del limbo de los sueños.

Mire, aunque le moleste, en Andalucía sabemos con arte que toda cruz tiene dos caras, como una moneda, y en una de esas caras dibujamos la alegría. Por eso sabemos mirar el lado bueno de las cosas que nos pasan. Pero a su gestión, señora, no hay quién le saque la alegría. Así que no venga a tocarnos las palmas, que en compás somos eruditos. Porque por sus prejuicios, mis ancestros fueron desprestigiados antes de ser vistos. Y mantener esos prejuicios vivos a través de su micrófono solo nos llena de veneno, el mismo veneno que llevamos toda la vida limpiando.

La riqueza lingüística, patrimonial y cultural de Andalucía ya se la explico otro día, que me he propuesto hacer artículos cortos y la explicación es tan densa como el poder de entendimiento que tiene su cabeza, señora Ayuso. 

No quiera tanto a los madrileños, solo mejor.

Los andaluces que salen de su tierra no son mejores que los que se quedan. Yo no soy mejor.

De una andaluza que ama a su tierra y que se redime de sus necias palabras.  




martes, 13 de octubre de 2020

Pobre, pero rico.

Todas las mañanas, al salir de la cama, me acerco a la ventana en un acto instintivo para levantar la persiana y ver el día que hace. Si me sorprende un sol alto, sigo a lo mío y si llueve, truena o hace frío pienso en los pobres desafortunados que viven en la calle. Este sentimiento de buena samaritana no lo he adquirido con los años. De niña nunca disfrutaba los días malos, incluso me agobiaban. Yo en mi cuarto de juegos resguardada con la estufa en invierno y, ¿Qué sería de aquellos que estarían en la calle mojándose? Pobrecillos.

A mí me encanta mi barrio. No es el más capitalista, es conocido, céntrico y de ahí le viene el disparate de precios en la vivienda, como ocurre en todas las grandes capitales del mundo. Mi barrio está lleno de comerciantes veteranos, parques, espacios dedicados al arte, bares, Mercadonas, talleres de costura, museos, árboles, calles peatonales, guarderías, colegios, bancos, clínicas dentales, cines, autoescuelas, tiendas de tatuadores, despachos de abogados, churrerías, estancos, farmacias y una estación donde se bajan todos los que llegan a Madrid. Mi barrio tiene mucha vida, pero también tiene miseria.
Desde que una pandemia se apoderó de nosotros, he notado con creces el aumento de vagabundos sin rumbos pidiendo en la calle. No quiero decir con esto que antes no existieran. Solo que ahora se hacen mucho más visibles sus presencias porque hasta en los rincones que antes estaban vacíos, ahora están ellos con sus cartones. Y a mí esto me encoge el corazón, será porque no soy política.

En el banco que colinda justo con el portal de mi casa, desde el primer día en el que me mudé, veo a un señor muy pintoresco. Al principio no creí que viviera en la calle. No iba mal vestido. Una camisa clara, americana oscura, pantalones grises y zapatos negros de cordones. Lo que me llevó a tal conclusión fue que nunca se cambiaba de ropa y que los vecinos le dejaban plásticos con comida en el banco. Pero la primera vez que yo me fijé en este señor no fue por nada de esto: fue porque, pasara a la hora que pasara, él estaba leyendo un libro. Y me dio una ternura desmedida verlo metido de lleno en la historia, con la cara pegada al papel a sus setenta y tantos (imagino) largos años. Prácticamente era un abuelito leyendo. Y a mí me tocó el talón de Aquiles.

A veces, en las secuencias más bobas de mi vida me entra una especie de timidez que no casa con mi forma de ser. Me daba cierto pudor entablar conversación con el señor, por eso a día de hoy no conozco su nombre, ni sé en qué lugar duerme. Eso sí, se alimenta en el comedor social de mi barrio. (Me llegó la información por un vecino).

Un día vi el banco vacío y como no quise ponerme en lo peor, subí a casa, cogí un libro, bajé a la calle y lo dejé en la madera del banco. En esta sociedad que tenemos, la gente no roba libros. Otra historia son los móviles, las carteras… pero si se robaran libros, la vida sería otra cosa. Estaba convencida de que ese hombre a su vuelta al banco, lo vería y lo leería. Deseé que no tardara en encontrarlo. Pasé por el lugar cinco veces en el mismo día. Y allí estaba impoluta mi “Crónica de una muerte anunciada” de Gabriel García Márquez, tal y como la había dejado.
Llegó la noche y me dormí un poco triste al ver que ese hombre no había visto mi regalo. La libertad que se encuentra en los libros, solo se encuentra en los libros y yo estaba convencida de que ese hombre burlaba su situación, consecuencia de un sistema desigualitario, con la libertad del papel. Los libros hacen a las personas libres.

A la mañana siguiente, salí temprano de casa para coger el metro. Deseosa de que se obrara el milagro, miré al banco y allí estaba el señor con mi libro en sus manos. No me acerqué, fui muy cobarde y seguí mi camino, pero guardé en la retina durante muchos días la imagen de ese hombre siendo pobre, pero rico. Porque era eso: pobre, pero rico