Entrevistas                                               Textos 

domingo, 27 de diciembre de 2020

Esperanza y expectativas.

La esperanza y las expectativas tienen un factor en común: cada uno las coloca donde quiere. Es respetable y lícito. Pero que hoy se hayan empezado a poner las primeras dosis de vacuna en España, no es señal de que el partido esté ganado. La ciencia (y Dios sabe cuantos intereses más) han metido un golazo antes del descanso, pero ahora nos tenemos que comer el bocadillo y ver la otra mitad.

Claro que hay que alegrarse. Para los que no tienen fundamentos suficientes y unas ganas locas de disputa, voy a darles uno muy gordo: la muerte de tantos abuelos en soledad. Para mi corazón y su entender, tiene esa causa más peso que el carro de la Cibeles. La generación más devastada y sacrificada nos vuelve a dar otra lección. Ellos han sido los primeros y ni una queja han mostrado, a pesar de tener motivos suficientes para derramar el bote. No están curados de este virus, pero sí lo están de espanto y sus positivos son en valores. Si hasta nos enseñaron a gritar por lo propio al defender las pensiones. Y como me remonte a la historia… ¡siempre han sabido pelear lo suyo! Porque vienen de sudar el pan y de encontrar mil alternativas. Lo único que podemos hacer nosotros es callarnos, porque el que calla, aprende. Y darles amor y la admiración más fiel. 

Como cada uno pone la esperanza y las expectativas donde quiere, yo las he puesto en Araceli, en toda su generación de mesías que se matan por salvarnos sin un reproche y también las pongo en el milagro que nos devuelva a esa normalidad compuesta de los lugares que añoramos.






domingo, 20 de diciembre de 2020

Mis años en Radio Sol.

Todo lo que viene a continuación, no es más que un desahogo de cariño y todas las vivencias que se recuerdan con cariño, tienden a la exageración. La exageración conlleva a poner signos de exclamación y ayer mi cabeza se los puso a una frase: ¡no puede cerrar Radio Sol para siempre!

Radio Sol es la cuna madrileña donde eché los dientes. Cuando nos nacen los dientes, gracias al filtro de la ingenuidad y la memoria humana selectiva, no recordamos pasados los años el dolor que produce el nacimiento de la nueva dentadura. Menos mal que no nos quedamos en ese dolor y avanzamos con la mejor parte: con la feliz. Si cierro los ojos, aún veo la americana negra que llevaba puesta cuando pisé la redacción por primera vez. Yo era una joven becaria recién salida de un máster de locución. Ahí aprendí que hay que tener mucho cuidado al pedir deseos. Porque puede que se cumplan y cuando esto ocurre, en el espacio del bolso, justo entre el móvil y la cartera, se te cuela el miedo. La incertidumbre de no saber si eres digna o si vas a dar el perfil. Porque te entra el pánico, te tiemblan las piernas, la voz y eres lo más similar a un cervatillo indefenso que sale del vientre de su madre.

Pero toqué todos los palos. Empecé en los boletines informativos de las mañanas. Está tan fresco en mi mente… La eterna espera hasta que me daban paso en antena, los pateos por Madrid sin mirar el reloj, las libretas que llenaba en ruedas de prensa, el típico boli que reventaba sin ton, pero liando mucho son. Al punto el micrófono perfectamente preparado para la acción, la grabadora y sus pilas, las novedades y eternidades musicales, los conciertos, las felicitaciones de cumpleaños. Las horas en mesa pasaban como suspiros de una novia enamorada. De las llamadas de los oyentes, aprendí que se pueden forjar amistades con desconocidos solo y a través de un hilo de voces envueltas en cariño. Entrevisté a una colección importante de admirados y nunca hubiera podido hacerlo sin la confianza de mi jefe. Un jefe con el que siempre, entre broma y broma, me he dicho las verdades a la cara y que al terminar mis prácticas quiso que siguiera formando parte de la plantilla. Y por añadir, aunque no haga falta: lloré mucho ese día.

A mí Radio Sol me cambió la visión del mundo. Todos mis compañeros hicieron por mí lo más valioso que una persona puede hacer por otra en esto de la vida: creer en ti. Nunca me sentí pequeña ante tanta profesionalidad veterana. Yo venía cegada por los brillos de la televisión, pero llegó la radio regalándome tablas, se convirtió en la niña de mis ojos y bajé del pedestal a la caja tonta.



Mi salida de Radio Sol fue totalmente voluntaria. La vida se trata de danzar y danzar entre diferentes etapas. Fue una decisión muy meditada que sopesé muchas noches con la almohada y que me llevó a un luto largo conmigo misma durante más tiempo del que puedo reconocer. Ahora ese luto, pero infinitamente más hondo, lo sufren en silencio mis compañeros y solo puedo mandarles mi abrazo con la misma sinceridad que escribo estas líneas. La puerta que se cierra es demasiado grande, pero os nacerán ventanas con micrófonos abiertos que aguardan vuestra llegada.

Esta pandemia no saca lo mejor de nosotros, ese cuento es mentira. Solo ensalza aquello que nunca dejamos de ser. A mí me ha ensalzado la ansiedad por reinventarme. Ser, al fin y al cabo, una superviviente más entre miles y miles de humanos. Pero sobre todo me ha ensalzado aquello que nunca dejé de echar de menos: mis años en Radio Sol, mis años siendo la andaluza de esa familia.






jueves, 17 de diciembre de 2020

Pedro Ruiz, admirado y admirable.

 


“Solo le canto mi copla a quien por mi camino va”, escribió Machado. Pedro Ruiz comparte la misma filosofía. Él sabe que intentar convencer a los demás es agotador, por eso deja los púlpitos para los curas y considera que todo aquel que alza la voz, no lleva razón. Él se desenvuelve con términos simples, pero muy meditados. Expone con la fluidez del Tajo sus pensamientos intensos sin trampa, ni cartón. Tampoco cree en las verdades incontestables y ni siquiera piensa que la humanidad sea un elemento importantísimo en el curso del universo. No le gustan las poses y mucho la poesía. Es fiel a la vieja escuela del papel y el bolígrafo. Escribe tan rápido que apenas hace borrones y por eso los montones de folios que recopila por todos los rincones de su casa van con placenta. Sabe que puede estar equivocado. “Ana, si algo debemos aprender en este camino es la sencillez”.

La mujer más cercana a su rutina, desde que lo vio por primera vez encima de un escenario, lo define como inventor. A mí, si me preguntan, lo adjetivo con un incomparable. Y él, en un golpe seco rompe todas las etiquetas que le cuelgan. El campo no tiene vallas. 

Se siente privilegiado, pero también se cansa de estar consigo mismo. No recuerda la última vez que fue al médico. Todas las mañanas, haga calor o haga frío, se baña en la piscina de su casa y tiene un sistema inmunológico envidiable. 

Sin raíces no hay alas y las suyas están en su Barcelona y en sus padres, de los que heredó la bondad y aprendió que la vida es un cohete, que cuando estalla, cae el palito.

Ahora no sale en televisión porque no forma parte de ninguna tribu, no obedece órdenes de partidos políticos y porque es un autor. “La televisión actual no quiere autores, solo productos y censurados”. Y no cree que nada de esto cambie. Piensa que la libertad es una estatua en cuyos pies se mean los perros. Pero como quien tuvo, retuvo, conserva buenas amistades en todos los ámbitos. 


                          
                                                                       (Los rincones de su casa cuentan historias. Aquí, premios y recuerdos). 


Su rol de entrevistador no es vocacional y le vino por casualidad, como llegan siempre las cosas importantes. Para él no existe la entrevista perfecta. “Todos llevamos un lío dentro, todos somos un lío. Si encima tu lío lo pones en contraposición con el que tienes enfrente, sale un tercer lío, pero no sale ninguna claridad”. 

No es un entrevistador, es un artista que conversa. Publicar una exclusiva lo ve como una mera gilipollez. “El lícito sentido del mérito consiste en contar algo bien. En ser el primero se matan los tontos. La sociedad ha sustituido el mejor, por el más”.


Pedro nunca ha votado y nunca se votaría ni a sí mismo. “La democracia es un concepto muy bonito, pero una vez se establece el sistema, se prostituye y acaba siendo una parodia”.

Él posee diversas tesis, pero yo voy a destacar una por simplificar. “En todas las vivencias que tenemos suele haber tres fases: hambre, atracón y diarrea. Hambre es igual a dictadura, no hay dinero, no hay libertad, hay miseria. Atracón es la democracia, los partidos, libertades, leyes, novedades…  Y diarrea es la descomposición del asunto en el que ahora andamos”. Como podéis deducir, las tres fases son aplicables a todos los ámbitos mundanos.

Si hablamos de tecnología, piensa que el progreso es bastante peor que el regreso. Él prescinde de smartphone. Su cuenta de Twitter la maneja su secretaria con escritos que él le envía. No usa WhatsApp, pero sí la memoria para marcar de cabeza los números de teléfono. “Los jóvenes tienen una capacidad extraordinaria de comunicación, pero también una dependencia y rédito de trabajo permanente”. Pedro no quiere ir contra de las bondades de la tecnología, pero cree que “la libertad consiste en que sepan poco de ti, no en que lo sepan todo. Cuando lo saben todo eres totalmente frágil”.

Él no comulga con la idea de pasar por la vida dejando huellas porque dentro de unos años nadie hablará de nadie, ni tan siquiera de Shakespeare. Por eso debemos dejar luces para iluminar a los que vienen detrás, aunque sean mínimas. “Somos muy pasajeros y haciendo daño a los demás, solo nos lo hacemos a nosotros mismos”.

De su amigo Pepe Sacristán aprendió eso de “lo primero es antes”. Por eso no tiene patria, tiene madre, a la que cuidó hasta el último suspiro.

Ahora tiene muchos proyectos para divertirse: películas, teatros, televisiones, libros, canciones… Procura sacarlos cuando le dejan y ahora piensa que es el momento. Tiene la energía desbordada de un chico de veinte primaveras. Cuando no está a la vista del público va mucho al cine y no quiere estar enganchado a nada, por eso no ve series. Cuando la voluntad se convierte en dependencia no le interesa.


El presente lo ve abriendo y bajando telones. Es feliz haciendo lo que ama. Dentro de un mes, vuelve a los escenarios madrileños con su espectáculo “Loc@s”. Y con diecisiete libros publicados, ya tiene preparado el número dieciocho.

Desde muy niño, diferencia muy bien lo admirado de lo admirable y sabe que las cosas fuertes ocurren siempre en soledad. Yo desde que lo conozco, también diferencio estos conceptos, pero él para mí encaja en los dos. Siempre admirado. Siempre admirable. Gracias, Pedro, por enseñarme todo lo que no he escrito y por el cariño que me regalas. 

                    


domingo, 6 de diciembre de 2020

Un recordatorio.

En medio de las prisas rutinarias en las que todo vale y en las que solo importa llegar a tiempo, encuentro paz al mirar el móvil y ver llamadas perdidas de los más mayores de mi familia. Una pantalla en la que se leen los nombres de octogenarios o nonagenarios que se preocupan por mí. Ellos nunca quieren molestar, ni interrumpir la agenda. Creo que me conocen por lo que les cuento, pero realmente lo hacen por lo que callo y con la imaginación dan forma al fondo. Vienen de vuelta. Cuando yo voy a por chicles, ellos vienen haciendo pompas. Da igual el día o el momento. A mí se me ilumina la cara si veo sus nombres. Me los imagino en una espera paciente hasta que les devuelvo la llamada. Y siempre lo hago, porque ninguna escuela me enseñó más que sus voces.

-Tita / abuela / tito…

-¡Ay, mi niña!

Así empiezan nuestras conversaciones. Me regalan un cariño tan limpio que nunca es moneda de cambio. Desde sus sillones frente a la televisión, dan sin esperar nada. Preguntan por todo. Se interesan hasta por lo que voy a comer. Si me he comprado ropa, si duermo bien, si me pagan como merezco, si paso frío o calor, si estoy más delgada e igual de guapa que siempre, si me protejo de los bandidos, si tengo algún ligue, si voy al cine, si llueve, si tengo cuidado, si… Y prosiguen cantando en voz al alta la tabla de sus achaques. Entre pastilla y pastilla que toman, siempre pillo un resquicio de silencio en el que les cambio la conversación y acabamos riéndonos hasta las tripas.

Desde muy niña me he sentado con los más mayores. Quizás por la tontería de querer ser mayor. Quizás por el amor que les profeso o quizás por enterarme de los pasados que no vi con mis ojos. La sabiduría no ocupa lugar y para debatir o criticar es necesaria si no queremos que las respuestas resulten vacías. Con ellos rebobino las cintas de la niñez en el campo, la juventud en aquellos cines de verano y la pronta madurez de un casamiento en el que se multiplicaban los hijos. También, sus primeros trabajos manuales en la fábrica de aceitunas o el pulso de cirujana de mi tía cogiendo puntos de media, (ambos oficios impensables hoy en día). Repasamos los lutos forzados, las sábanas blancas lavadas a mano, los bares de entonces, las calles de siempre carentes de luz eléctrica, los noviazgos en los que un suegro conocía al yerno el mismo día de la boda, las ropas zurcidas y heredadas de mano en mano, los escasos alimentos que se llevaban a la boca, los trucos de maquillaje y peinados, los hermanos que emigraron a Barcelona y aquel que mataron en la guerra por cantaor.

A través de sus miradas adivino el cambio al que se han sometido para llegar a hoy. Ellos disfrutan resumiendo las antologías de los pasos que dieron, mientras yo soy feliz escuchando las batallas que salen de sus memorias frescas y resistentes al paso inexorable de los años.

Todas las distancias son tozudas y crueles, pero gracias al milagro que suena y llevamos en el bolsillo, amago la tristeza esa de no saber cuándo volveré a abrazarlos.

Ojalá sigan siendo por muchos años los primeros que me felicitan por mi cumpleaños.

Esto no es más que un simple recordatorio para ti, que andas tan ocupado.




domingo, 29 de noviembre de 2020

Las mudanzas agotan.

El porcentaje de muertes tras hacer una mudanza es nulo. Sin embargo, ¿quién no ha creído alguna vez no sobrevivir a la suya? Las mudanzas agotan. Yo misma acabé una tarde en Urgencias porque no conseguía tirar de mi cuerpo. “Te ha dado una pájara de cansancio por estrés. Descansa”, me dijo un médico. Yo pensaba que las pájaras solo las sufrían los ciclistas o los que se divierten con el porrito y el estómago vacío. Y resulta que no. También dan cuando no cesa el ritmo de mover cajas. La vida nunca dejará de sorprenderme. Las mudanzas, tampoco.

Soy de memoria y visión corta, más o menos como un caballo atado a su coche. Por eso no encuentro los objetos que cambio de sitio. Esto hace que me lleve muchas alegrías en las mudanzas, porque resucitan del limbo las cosas perdidas. Y pego gritos como aquellos piratas de los cuentos cuando dan con el tesoro: “¡Ay, mi camisa blanca! ¡Ay, el pase de prensa de aquel día! ¡Ay, el dibujo que me hizo el fulanito! ¡Ay, el cinturón negro que me trajeron los Reyes y que me compré otro porque estaba en paradero desconocido! ¡Ay…! Nunca he sabido lo que he tenido hasta que no me he mudado.

Cuando por fin me instalo en el nuevo hogar, suena un canto de ángeles que rápidamente se interrumpe por la prisa en limpiar y ordenar. Porque, ¿quién no ha soñado con ser Matilda para colocarlo todo con la mente? De niña, me obsesionó tanto esa película, que durante un tiempo fui por la vida creyéndome ella. La secuencia en la que mira fijamente el jarrón lleno de agua, yo la recreé en mi casa, pero mantuve el secreto para no acabar desheredada por loca. Nunca obré tal proeza. Mi espalda de ochenta y cuatro años muestra las consecuencias de mis esfuerzos.

Cada vez que nos mudamos es por cambiar nuestra vida a mejor. La vida es cambio y el cambio es vida. Aunque creamos que todas las mudanzas son por elección propia, no es así. Las hay forzadas. Yo tengo unos vecinos escandalosos que en sus currículums ponen que estudian, pero realmente se dedican a montar fiestas. Y debaten muchísimo. El otro día a las tres de la mañana jugaban a las cartas y se contradecían con el último tema de Rosalía. No llegaban a la conclusión si ese era más bueno que los anteriores. Como la policía pasa de interrumpir sus movidas, pego golpes en la pared que me hacen sentir vieja viejísima. Un día lo paso, pero al que hace cinco hasta al mismo san Francisco de Asís le despiertan instintos asesinos.

Mis vecinos me han dado dolores de cabeza desde que estamos en pandemia, pero desde ayer me dan pena. Cuando vi sus bártulos en el descansillo y en el portal supe que se mudaban. No pude alegrarme porque me subió un escalofrío por la aorta. No son malos chicos, solo estrenan el ruido propio de los dieciocho años. No tenían pinta de querer marcharse. Lo mismo no podían seguir pagando el alquiler y vuelven a sus orígenes con sus familias… Yo ya he despedido a varios amigos por esta causa. Y me entristecí. Sentí miedo como en esas películas en las que el asesino persigue al protagonista con el cuchillo levantado. Porque sé que las mudanzas agotan, pero las de volver al nido por imposición de las circunstancias son escalofriantes.




martes, 17 de noviembre de 2020

Por amor al arte.

Nos presentaron. En el primer comentario que soltó por la boca supe que íbamos a ser buenas amigas. Odiaba la lluvia tanto como yo porque se le encrespaba el pelo. Se sentó en la silla que quedaba libre, de un buche vació el culo de su cerveza y pidió otra para acompañarnos. Mi amigo la notó diferente. “Estás cambiada, Marisa”, le dijo. “Pero estás guapa”. Ella esbozó una media sonrisa. “Bueno después de la muerte de mi padre he conseguido salir todo lo guapa que he podido”. Yo hice una mueca que empezó como un medio intento de empatía y terminó en un lo siento. Tenía una ironía arrolladora y eso le dio todos los puntos para ganarme. “¿A qué te dedicas?”, le pregunté por desviar la conversación. Mi amigo, que también era suyo, sabía perfectamente que pintaba y vendía sus propias láminas, pero yo no. “Pinto, pero ahora no vendo. Estoy buscando curro de lo que sea”. Marisa comía del arte, pero el arte ahora se come sus ahorros. “Subo las láminas a Instagram y la gente las comparte. Las vendo gratis, ¿qué haríais vosotros? Nunca sabes quién te ve”. Para mi amigo esta fue una pregunta retórica, pero yo le contesté: “Yo haría lo mismo que tú, de hecho, lo hago. No cojo un pincel, pero escribo y publico”. Ella sacó el móvil para empezar a seguirme. “Me encanta el nombre de tu blog. Lo leeré cuando esté tranquila”. Justo cuando iba a pronunciar un gracias, me interrumpió el camarero: “Chicos, cerramos en veinte minutos. Lo siento”. “No, no lo sientas. No tienes la culpa. Mañana vendremos más temprano para empezar a beber antes”, le respondió Marisa. Reímos. Nos pusimos los abrigos y mi amigo se adelantó a la barra para pagar la cuenta. Salimos del garito de Malasaña dando las buenas noches y llegamos a una Gran Vía donde hasta el letrero de la Schweppes yacía apagado. Nos escuchábamos los pasos y la media noche ni todavía había aparecido.

“¿Qué vas a hacer mañana?, pregunté a Marisa. “Pues terminaré de sacar cajas y colocar mis cosas de la mudanza. Lo único bueno de no seguir pagando mi estudio es que ahora no estoy sola en casa y mis compañeras de piso parecen majas. Y luego iré a hacer la compra y cuando me harte de mandar currículums en vano para puestos de trabajo en los que no me veo, pues me sentaré tranquila a relajarme y pintaré para seguir generando contenido en redes, ¿y tú?”.

Caminábamos como un mochuelo que vuelve al olivo. Una Cibeles sentada en su carro de piedra se divisaba a lo lejos. “Pues yo saldré a correr por la mañana y luego no sé, no me gusta planear. Así que lo que vaya surgiendo”. Y me cerré el abrigo porque los malos aires se cuelan en los despistes.

Nos despedimos en el banco de España. No nos lo dijimos en alto. No nos atrevimos, pero esa noche cada uno de nosotros el banco en el que vio sentadas sus ilusiones no fue en el de España, sino en el más feo y abandonado de un parque sin árboles.

No te habrás dado cuenta, pero Marisa es un personaje inventado. Esta escena la viví muchas veces, pero no nos echaron del bar, la Gran Vía respiraba tumulto, del letrero de la Schweppes brotaban colores brillosos y la Cibeles salió a nuestro encuentro a pesar de la quietud de su piedra. Sirvan estas líneas para todas las Marisas y Marisos que vivían de un amor al arte que generaba ingresos. Para que todos los cambios les inciten a seguir creando. Para que todas sus pérdidas se transformen en proezas de futuro.




martes, 10 de noviembre de 2020

Un señor.

Ayer vi a un señor en la iglesia. Yo no voy misa, pero las iglesias me cautivan tanto como los cementerios. Tienen algo especial. Misterio, silencio… Son lugares de paz y la paz es un factor relevante en el ser humano. Ya lo sabíamos antes de llegar a esta situación, solo que ahora nos hemos dado cuenta de que a la luz nos salieron las carencias para mantenerla. No por nosotros en sí, que también, sino por el sistema social y organizado tan bien montado que nos hace perderla. Y podemos extraviar las llaves, los mecheros, los bolígrafos… pero no la paz mental. Recuperarla es una labor tediosa.

Durante el pasado confinamiento, amigos y conocidos me decían que se aburrían en sus casas. Desde luego que en los huertos no nos cultivamos las resiliencias. Y yo alucinaba. Nunca me aburrí. Tenía libros y películas. Me monté la trinchera. Una realidad paralela al mundo. Eso me salvó y me sentí igual que un perro verde.

Recuerdo, no hace tanto tiempo, una tarde en la que yo estaba muy agobiada. Muy, pero de muy mucho. Ni podía hablar y para yo no poder hacerlo… Los planes se me torcieron. No quería dar explicaciones a nadie. Me saturaba el móvil. En fin, lo que se entiende por no aguantarse ni uno mismo en el propio cuerpo. Yo estaba en la calle como Jesús subiendo al Calvario. Empezó a llover y justo enfrente había una iglesia. Estaba abierta, así que entré. No había nadie. Vacía como la tumba de Lázaro. La misa había terminado. Los techos eran una preciosidad. Me senté en un banco casual y empecé en silencio a lamentarme de mi mala suerte. En bucle. Tu tu tu tu… Al levantar la vista, a mi izquierda vi una imagen de san Antonio de Padua inmensa con su niño en los brazos. La miré y empecé a contarle mis movidas. No sé muy bien porqué, pero me desahogué. El pobre me miraba con la risa congelada. Hubiera salido corriendo, si hubiera podido. Seguro. Después de casi una hora, un cura a lo lejos me dijo que en cinco minutos echaría el cerrojo. Vamos, que me fuera. Me levanté, me despedí de san Antonio y salí de la iglesia como si me hubieran quitado veinte kilos de encima. Me renovó el soliloquio.

A la semana siguiente, volví a pasar por delante y la iglesia también estaba abierta. Mi cabeza pensó: “ve a saludar a san Antonio”. Entré, pero ni me senté. Le conté cuatros cosas más y marché.

En tal guisa, pasaron las semanas y continué visitando a mi amigo. Ya era mi amigo. Su mirada me transmitía mucha paz y el niño gordito que portaba en sus brazos, más. Tenían cara de buenas personas. Y claro, por algo son santos. San Antonio concretamente de las causas perdidas, así que comprendo la bondad de sus ojos ahora perfectamente.

Este artículo no es en referencia a la fe, ni a la religión. Podría adentrarme en un debate de libro, pero no. Mi infancia transcurrió en un colegio de monjas que me ha hecho ser lo que soy. Punto y final. Las vivencias a todos nos llevan al presente y mi raíz está en Sevilla. Yo paso a darle las gracias al Gran Poder cada vez que me encuentro allí y a la virgen de la Piedad cuando voy a mi pueblo. El amor a las imágenes es tradición y la tradición va unida al amor. Yo eché los dientes en ese amor. En las caras de las imágenes me circulan todas las vivencias pasadas que guardo en mi mente con recelo. Por esto también se nos tacha mucho a los andaluces fuera de nuestras fronteras. Este comportamiento se entiende como una gráfica innegable de la alabanza al becerro de oro que bien escrita está en la Biblia. Yo no comulgo con una institución, pero sí lo hago con mis raíces. Pero no nos entienden. Nos ponen en duda ante nuestra exageración e incluso causamos risa o burla. Repito: no nos entienden. Yo pensaba que no era tan difícil hacerlo, hasta ayer, que ni yo me entendí visitando a mi amigo san Antonio, huyendo descabelladamente de los horarios de misa y de las hostias consagradas para sentirme en paz.

Ayer vi a un señor en la iglesia. Justo cuando yo salía, él se posicionaba delante de la imagen del santo de Padua. Y mientras me lavaba las manos con el gel hidroalcohólico, lo miraba y pensaba: él tampoco viene a misa, pero le cuenta su vida. Otro hombre tan complejo como yo. Otra causa perdida.

Y salí pacífica y sonriente al mundo, hasta que Dios quiera o san Antonio me escuche. Amén.